sábado, 21 de enero de 2017

1JUAN 4,17.







Como sabemos que lo único que tiene poder en el corazón humano es el amor, Jesús, en este día del Bautismo, las palabras tienen que ser precisas, recibe la participación en su humanidad creada de toda la potencia, de toda la ternura, de toda la gracia, de todo el amor de Dios Padre, porque esa es la comunicación del Espíritu Santo.
Por esa comunicación, por esa participación, que San Juan Bautista decía que era fin de vida, por esa participación total de la gracia del Espíritu Santo en la humanidad de Jesucristo, Él levanta los muertos, perdona los pecados, cura los enfermos, expulsa a los demonios, y santifica con su oración, con su dolor, con su muerte y con su resurrección, la historia humana. Hoy se ha completado el Nombre de Jesucristo.
Lo que hace especial a Jesucristo es que su humanidad es totalmente disponible al poder incalculable del Espíritu Santo.
Esta es una gran noticia, es una maravillosa noticia para todos nosotros.
 Al saber que todo lo especial de Cristo es el don del Espíritu Santo, al comprender esto, entendemos que ese mismo Espíritu puede hacer en nosotros obras semejantes.
Jesús mismo lo dijo en el evangelio de San Juan: "El que crea en mí, hará lo que yo hago" San Juan 14,12. Y dijo todavía otra cosa: "El que crea en mí, hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre" San Juan 14,12. Así dijo Cristo.
Lo que hay es una gracia fantástica, desbordante, irreprimible, irreversible, un amor incontenible que se ha vertido en Él por parte del Padre Celestial, para que todos nosotros tengamos vida en su Nombre.
 La primera Carta del Apóstol San Juan dice,"Y como Él es, así somos nosotros" 1 San Juan 4,17.
"Sí, Jesús perdonaba a los enemigos, pero es que Él era Dios.
Jesús perdona a los enemigos, sana a los enfermos, expulsa los demonios, penetra con su Palabra los corazones, no porque tenga ningún entrenamiento especial, ni porque esté hecho de otra pasta que nosotros.
¡Cristo! Cristo, Ése es Él, el Ungido del Padre. Y esa unción, que el Padre le ha dado a Jesús, la unción que lo hizo Cristo, es el don del Espíritu Santo. Y ese don del Espíritu no es sólo para su Hijo, sino es para todos nosotros, los que creemos en ese Hijo.
Si admitimos, si creemos en Jesús, y si invocando su Nombre pedimos el Espíritu, también nosotros recibimos esta unción, y también Dios hace cosas maravillosas a través de nosotros; es decir, maravillosas a los ojos de este mundo.
Lo que en realidad importa, no es lo que el mundo diga, si somos o no maravillosos, sino que el Padre Celestial pueda repetir en nosotros estas palabras, que Dios Padre lo pueda decir de ti y de mí cuando te unja con el Espíritu Santo: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo mi complacencia" San Mateo 3,17.

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