Ser
de Dios no es tener la gente para nosotros, no es conquistarla para nosotros o
para nuestras obras, no es conseguir que piensen como nosotros, ni siquiera que
tengan nuestras mismas devociones; ser de Dios es conducir la gente hacia
Cristo, pero lo maravilloso es comprobar que sólo Cristo es capaz de hacernos
discípulos de Él y es capaz de hacer que nosotros traigamos otros discípulos a
Él.
Ser
de Dios, ser verdaderamente bautizados y consagrados es conducir a las personas
hasta Jesús. comenta San Juan Crisóstomo que Andrés, en breve tiempo, comunica
lo que ha aprendido, pero lleva a su hermano a los pies de Aquél que puede
enseñarle mejor.
Tenemos
lo suficiente, apenas lo justo para conducirlos a Cristo, apenas lo justo para
que el Señor sea su riqueza, su tesoro, su ciencia, su vida, su libertad.
Con
ese propósito, con esa certeza de haber sido ganados por Cristo y alcanzados
por Él y de querer conducirle otros para que también sean ganados por Él.
Él,
cada día nos da el pan, la verdad y la luz para para ese día; en la Eucaristía
también lo realiza, así logra Él la gloria del Padre.
Bendito
sea su Nombre.
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