Si
lo pensamos bien, toda la vida de Cristo es manifestaciòn: hay una manifestación
de la gracia, podemos decir, una evangelización a aquella a la que el Ángel
llama kejaritoméne, a la que el Ángel llama: Agraciada, Predilecta, Niña Amada,
muy Favorecida.
Ahí
hay una manifestación, para María Santísima. El Nacimiento de Jesús es una
epifanía, la visita de estos personajes de Oriente es una Epifanía; pero luego
hay otras dos epifanías importantes que la Iglesia asocia sobretodo, por la
tradición Oriental, más que por la de Occidente, con estas festividades.
Ellas
son: el bautismo del Señor y el milagro de las bodas de Caná. De pronto nos
hemos extrañado, quienes tenemos la fortuna, la gracia de orar con la Liturgia
de las Horas, que en la antífonas de este día, que para nosotros es simplemente
el día de la visita de los Reyes, se hable de tres prodigios: el agua
convertida en vino, alusión a las bodas de Caná; la voz del Padre en el Jordán:
"Este es mi Hijo amado" San lucas 3,22, y la visita de los Reyes.
Esos
tres prodigios de este día son más bien la comprensión que la Iglesia tiene de
que un mismo misterio envuelve esos acontecimientos. La voz del Padre en el
Jordán manifiesta el misterio de Ése que se estaba bautizando, y que para ese
momento que se estaba bautizando, para la gente era sólo otro pecador.
El
milagro de las bodas de Caná es otra manifestación. Aquella primera señal, de
acuerdo con lo que dice el evangelio de Juan, es una manifestación sobre quién
es Jesucristo, en este caso, una manifestación a los discípulos.
Y
este milagro, está sucesión de milagros, de hechos hermosos y prodigiosos que
acompañan la visita de estos Magos de Oriente, también son una manifestación a
los gentiles.
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