Si somos fieles a su estrella, si somos fieles a las señales de la gracia de Dios en la vida, llegaremos hasta Jesús,
la estrella es más grande, y cuando encontremos esas señales de Dios en nuestra
vida, también nosotros, como estos Magos, debemos ponernos muy felices, porque
es muy lindo que el Creador de los cielos me regale también una señal a mí, me
regale algo, se acuerde de mí.
El
Señor que hizo las cosas grandes, también sabe dar las señales pequeñas, a
veces sólo queremos recibirle a Dios las señales grandes, y Él tal vez hace
rato nos esta hablando con palabras pequeñas y sencillas, porque Él es el Señor
no sólo de lo grande, sino también de lo pequeño; y quiere ser amado y
reconocido no sólo en lo grande, sino también en lo pequeño.
Es hermoso estos hombres entregaron sus
regalos a Jesús, perdieron su oro, su incienso y mirra, lo perdieron, si lo
queremos ver desde un punto de vista económico estricto, dejaron tirada en
Palestina su carga de tesoros, sí, pero llevaron a sus tierras el tesoro que
sólo cabe en los cielos, hay veces que vale la pena perder los tesoros.
¿Qué
tal que estos hombres no hubieran perdido sus tesoros? ¿Qué tal que hubieran
muerto y los hubieran enterrado con su oro? Ese oro no valía, lo que vale la
sonrisa de haber conocido al Bebé;, esa mirra, ese incienso, esos tesoros, no
valen lo que vale el gozo de saber quién es Jesús, haber visto por un instante
sus pupilas y saber que en esos ojitos estaba la estrella que me iba guiando.
Vida
verdadera, vida que merezca ese nombre ese lo que San Juan llama "vida
eterna", es decir, la vida que no está sujeta a esa clase de fluir, a esa
clase de disolución, y ese es el gran testimonio de Dios, y ese es el
testimonio que nos da el Espíritu, y ese es el testimonio que nos da el agua
del Bautismo, y ese es el testimonio que nos da la Sangre de Cristo en la Cruz:
el testimonio de que Dios, Papá Dios, ha querido llegar hasta ese extremo de
entregar a su propio Hijo para que nosotros tengamos verdadera vida.
Eso es amor, eso es amor, eso es ser amado,
esa noticia hay que contársela a muchos.
Hubo un hombre llamado por Dios, un hombre
llamado Juan, que este Juan fue precursor del Verbo, pero dijo abiertamente que
no era el Mesías, y que luego, este Juan, anuncia a sus discípulos, les dice: "Ese es el Cordero de
Dios, el que quita el pecado del mundo" Juan 1,29, y así estos discípulos se hacen
discípulos de Jesús.
Jesús comienza a reunir sus propios
discípulos. Se trata de los comienzos de la misión del Verbo encarnado.
La Primera Carta del Apóstol San Juan.
Comparada con las otras dos Cartas, es mucho más extensa.
La Primera Carta de Juan tiene unos cinco
capítulos y es, más extensa y temáticamente muchísimo más rica que las otras
dos. En esta Primera Carta de Juan hay un parentezco muy grande con el
evangelio.
El
evangelio nos empieza diciendo: "En el principio existía la Palabra" San Juan 1,1; la Primera Carta de Juan,
que también la hemos empezado a leer en la Octava de Navidad, dice: "Lo
que hemos oído y visto sobre la Palabra de vida, porque la Palabra se
manifestó, eso os lo damos a conocer" 1 Juan 1,1-2.
Porque
en el fondo toda esta Primera Carta es como una especie de comentario teológico
al misterio de la Encarnación, todo en ella está diciendo que "la Palabra
se manifestó, que nosotros hemos visto y tocado y escuchado y que ahora damos
testimonio para que estéis en plena comunión con nosotros y para que rompáis
todo vínculo de incredulidad y de pecado" 1 Juan, 1,3.
Es
la Primera Carta de Juan, y por eso la Iglesia nos ofrece ese tema y esa Carta
durante este tiempo de Navidad.
No
tenemos ninguna prueba definitiva sobre que amamos a Dios, si no es el amor del
prójimo; la única prueba decisiva que tenemos de que amamos a Dios, es que
producimos vida, protejemos vida, propiciamos vida en el prójimo.
El
Señor viene para quedarse, y el Señor quiere quedarse en medio de nosotros;
tenemos que estar dispuestos. Lástima que a veces tengamos que abrir nuestro
corazón en los momentos más dolorosos. El Señor tiene su pedagogía, y el Señor
sabe llegar al corazón y hablarle a cada quien por su nombre y decirle:
"Definitivamente, eres para mí".
La
invitación es para que verdaderamente pongamos en manos de Dios absolutamente
todas nuestras angustias.
Hay
que decirle al Señor que haga siempre su voluntad, porque Él sabe por qué a
cada quien le da el trato correspondiente.
Esa
alegría, esa certeza con que empieza la Carta de Juan, también tiene
responsabilidades, también tiene, podemos decir, consecuencias para nosotros.
Y
eso es un poco lo que va apareciendo en la lectura. Por eso dice: “El mensaje
que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros” 1 Juan 3,11.
El
Apóstol nos invita a que así como la Palabra se hace Carne, así nuestras
palabras se hagan obras.
La
Palabra, la verdad maravillosa de Dios, la sabiduría de Dios, pero esa Palabra
se hace Carne y la podemos abrazar, la podemos palpar, la podemos adorar, la
podemos mirar, bueno, en buena lógica, lo mismo para nosotros, por eso nos ha
dicho: “No amemos de palabras ni de boca, sino de verdad y con obras” 1 Juan 3,18.
Porque
en el Antiguo Testamento hay unas declaraciones del amor de Dios maravillosas,
bastará con recordar lo que leímos en Isaías: “¿Puede una madre olvidarse del
hijo de sus entrañas? Pues aunque ella lo hiciera yo no te olvidaría, te llevo
tatuada en mi mano” Isaías 49,15-16.
Dios
ya había declarado su amor, ya nos había dicho su amor, pero ese amor adquiere
un rostro, una realidad que se estampa en Cristo Jesús, en la Carne de Cristo,
en las obras de Cristo, en el cansancio de Cristo, en el sudor, en la Sangre,
en la bienaventurada Pasión de Cristo.
Entonces,
nosotros tenemos que realizar en la verdad de los hechos, la verdad de nuestras
palabras, esa es la primera enseñanza.
El
Apóstol, especialmente nos ilustra, haciendo una comparación con la muerte y la
vida: "Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque
amamos a los hermanos" 1 Juan 3,14.
El
amor es la señal de la vida, donde hay amor está palpitando la vida. Pero, creo
que podemos incluso ser más radicales. Lo que nos está diciendo esta lectura es
todavía más fuerte que eso: "El que no ama permanece en la muerte" 1 Juan 3,14, de manera que
no hay alternativa. “En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por
nosotros, también nosotros debemos dar nuestras vidas por los hermanos” 1 Juan 3,16.
No
hay manera de dar vida, sino dando la vida, esa es la segunda enseñanza; porque
nosotros queremos dar vida sin perder la vida y eso no se puede.
Si
yo doy una moneda, la pierdo, la pierdo para darla. Necesito perder para dar, y
si lo que quiero es dar vida, necesito perder vida dando vida. Es una lógica
tan cortica, tan sencilla, pero tan dura, tan tremenda.
"Si uno tiene de que vivir y ve a su
hermano en necesidad y le cierra sus entrañas" 1 Juan 3,17, ¿ahí qué pasa? Pregunta el
Apóstol: “¿Cómo va a estar en él el amor de Dios?” 1 Juan 3,17.
En
el momento en el que me cierro a dar vida, cierro la puerta para que Dios me de
vida a mí. En el momento en el que renuncio a amar,
Jesús
ha llegado a nosotros la máxima misión, la máxima tarea. En Jesús llega para
nosotros el mayor regalo y el mayor desafío, la mayor respuesta y la mayor
pregunta, o como decía un predicador: “Jesucristo nos trae la paz, Jesucristo
nos da la paz, pero no nos deja en paz”.
Jesucristo
quiere venir a mí, quiere reinar en mí, quiere entonces, a través de mí seguir
su obra, y creo que ahí se resume todo.
Pero,
si ese canal se resuelve a dar, a amar en la verdad y en las obras, entonces
experimenta amor de verdad en las obras de parte de Dios.
Esa es una manera muy bella de ir cerrando
este tiempo de Navidad, la Navidad está colmada de ternura, y eso está bien.
Necesitamos ternura, la ternura es el rostro delicado del amor.
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