Por ser una obra tan completa, tan absolutamente de Dios, por
subrayar tanto este aspecto, la vida de santidad se convierte por una parte, en una obra en la cual la gloria es sólo de Dios y que por tanto
reclama humildad en nuestros corazones, pero por otra parte se convierte en
algo tan sencillo, en algo tan connatural.
Puede decirse que toda la lucha contra el vicio y toda la guerra
contra el pecado y todo el esfuerzo de llevar una vida nueva, como puede
aparecer, en el sermón de la montaña, o en los otros discursos de Mateo, o todo
ese drama existencial que aparece en las parábolas de Lucas, o ese lenguaje
brusco y seco que aparece en Marcos, todo eso queda como suavizado, como
sublimado en la perspectiva de Juan; basta con ver y creer.
San Juan nos dice es posible que Dios haga un santo en un día,
para Juan Dios no tiene egoísmos, envidias ni mezquindades; desde luego que para
los otros evangelistas tampoco, pero para Juan es como tan clara, tan
manifiesta la misericordia y tan evidente la luz, el poder, la sabiduría de
Dios, que da la impresión que Dios puede hacer toda su obra en un instante, y
efectivamente, así debemos creerlo con él, así debemos creerlo con la Iglesia.
Esteban, Juan, se celebraban muy cerca, el primer mártir y los
primeros Apóstoles; luego la fiesta de Pedro se pasó para junio junto con
Pablo. Esa es una razón, se acostumbraba celebrar a los Apóstoles muy cerca de
la Navidad, cerca del advenimiento de Jesús.
Este es el evangelista que principalmente nos ha revelado el
misterio de la Encarnación del Verbo.
En el momento en que celebramos el Nacimiento de este Verbo
encarnado, y en la Octava de Navidad, en que nos encontramos, qué mejor que
dirigir nuestra mirada a este maestro de vida divina que es Juan evangelista,
para que él nos enseñe a descubrir a la Palabra que se hizo carne para nosotros
y para nuestra salvación.
Las lágrimas de Juan, cerca de María y de Jesús, sirvieron como
de lentes para describrir el amor que estaba sucediendo ahí.
Juan no estaba gimiendo,
no estaba gritando tan fuerte como para dejar de oír aquellas palabras de
Jesús. Fíjate que en Juan el evangelista y en el evangelio hay dolor, pero un
dolor vivido de otra manera, ¿se puede dudar del dolor de la Virgen ante Cristo
Crucificado? Desde luego que no; ¿se puede dudar del dolor del Apóstol frente a
su Maestro allí expuesto y escarnecido? Desde luego que no.
Pero es un dolor distinto, y tiene unas lágrimas que dejan ver;
tiene unos sonidos que deja escuchar. Creo que esta enseñanza hondísima de la
misericordia y de la humildad del evangelista y del evangelio es de inmenso
provecho para nosotros .
Juan el evangelista nos
enseña que no hay que llorar tan fuerte que dejemos de oír la Palabra de
misericordia que Dios nos ofrece, y que no hay que derramar tantas lágrimas que
nos vuelvan ciegos al amor, que Dios en esos momentos otorga.
Juan estuvo ahí, y por esa gracia de Dios, de pie junto a la
Virgen escuchó palabras de salvación y vio el costado abierto de Cristo, pues
aquel que ve a Cristo en la Cruz, después ve en la Cruz a Cristo; si uno ve a
Cristo en la Cruz sin desesperarse por la injusticia del mundo, sin
desesperarse, "¿por qué Dios permite esto?"; si uno ve sin
desesperarse, pues uno puede después esperar viendo, y si uno ve a ese Cristo
en la Cruz, luego, cuando llega la cruz a la vida, también se puede en ella ver
a Cristo.
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