domingo, 22 de enero de 2017

Dimensiones







Es decir, toda la misión de Cristo es una misión en el sacrificio. La palabra "sacrificio" significa "hacer sagrado" algo, "sacrum facere", de ahí viene "sacri-ficio", "hacer sagrado" algo. Y en este caso se trata de hacer sagrada la sangre, hacer sagrado el dolor, es decir, darle un sentido de vida, un sentido de eternidad y un sentido de salvación.
Creo que necesitamos adaptar nuestros oídos para descubrir la riqueza que hay en palabras como esas, sobre todo comprender el valor que entonces tiene la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Por qué nosotros destacamos tanto el valor de la Sangre? ¿Por qué el sacrificio del Señor es tan importante? Digámoslo de manera breve: porque en la entrega de la sangre está la entrega de toda la vida. Es decir, el que entrega su vida, el que entrega su sangre está mostrando un nivel de amor, un nivel de entrega, un nivel que es total: ¡lo ha dado todo!
Por eso también dijo el Señor en el evangelio de Juan: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" San Juan 15,13.
Entregar la sangre es manifestar el amor en su más pura y excelsa forma. Y por eso, en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, está un amor que podemos calificar de "loco".
Santa Catalina de Siena llama con amor a Jesucristo "un loco", "un ebrio de amor". Por eso tampoco nos extraña que en el capítulo tercero del evangelio de Marcos encontramos algunos parientes de Jesús que intentan llevárselo discretamente a otra parte, y comenta el Evangelista: "Decían que no estaba en sus cabales" San Marcos 3,21.
 Jesús estaba loco, porque es una locura amar en esas dimensiones, es una locura llegar hasta ese extremo, es una locura entregarse como Él lo ha hecho, pero de esa locura viene nuestra salvación, y por eso nosotros valoramos la Cruz, y por eso nosotros valoramos la santísima Sangre del Señor, en la que ponemos toda esperanza para nuestra salvación
 el cielo significa aquello que puede ser anhelado, suplicado, esperado, aquello por lo cual gemimos, aquello por lo cual suspiramos, aquello que nos llena de un gozo indescriptible cuando lo recibimos, aquello que hace brotar en nosotros la más intensa gratitud y alabanza.
Estamos hechos para el cielo, pero no poseemos el cielo; deseamos el cielo, pero no podemos construirlo como construimos nuestros santuarios; necesitamos cielo, pero no tenemos manera ni de describirlo, ni de hacerlo; está más allá de nosotros.
Esta realidad que esta sintetizada en aquella expresión que Cristo nos enseñó: "Padre nuestro que estás en el cielo, o Padre Nuestro del cielo" San Mateo 6,9, esa expresión "cielo" es fundamental.
La enseñanza de Cristo no es esa, es Cristo el que por su benevolencia está en los que sufren, en los pobres, en los marginados, es Cristo, no el Padre; es Cristo el que padece ahí, no el Padre.
Necesitamos un cielo que no dominamos, esperamos un cielo que no podemos construir, suplicamos un cielo que está más allá de nuestras codicias y de nuestras fuerzas; esto hace que nuestro corazón reconozca, por una parte, su necesidad, y por otra parte, su impotencia.
Estas son las dos características necesarias para que el alma humana se abra al misterio de la gracia: reconocer necesidad, reconocer que mi vocación profunda se llama el cielo, pero también reconocer mi impotencia.
Cuando el corazón humano llega a ese descubrimiento, entonces se rinde ante Dios, se humilla ante Dios; descubre que necesita un sacerdocio distinto de lo que se puede hacer con los animalitos del campo en un templo, así sea el fastuoso Templo de Jerusalén.
Necesito un sacerdocio distinto. Porque el oficio del sacerdote, eso está claro incluso en la raíz misma de la palabra, el oficio del sacerdote es el servir de puente entre la necesidad humana y la generosidad divina.
Necesitamos el sacerdote de los cielos y ese es Cristo Jesús.
Cristo entonces, es Aquel sacerdote, dado por el Padre Celestial, que puede compadecerse a nuestra miseria pero que puede también sanar nuestra miseria; que puede lamentar nuestro pecado, y curar nuestro pecado; que puede enseñar el camino, y convertirse en camino. Ese es el Sacerdote que necesitamos.
Jesús, el Hijos de Dios, presente en nuestra humilde carne humana, está ahí no haciendo un paseo por las regiones de la tierra; padece la humillación, el cansancio, el hambre y luego los azotes y la cruz sólo por una razón, la que dice el credo: "Por nosotros y por nuestra salvación".
Decir que el Hijo de Dios es ese Jesús que esta ahí, que enseña, que padece, que ese Jesús es el Hijo de Dios, es útil para nuestra salvación, porque es el reconocimiento de la misericordia de Dios que viene a sanar esa situación de la que hemos hablado con lo de la Carta a los Hebreos.
Cuando yo reconozco que yo quiero y necesito, pero no puedo ni merezco, entonces me abro a la gracia y en eso llega Jesús y entonces yo recibo a Jesús, yo, ser humano, recibo a Jesús y le digo: "Tú eres lo que yo necesitaba".
Si le decimos a Jesús: "Tú eres el Hijo de Dios, es para decirle: "Tú eres el que ha venido a sanar mi terrible situación; porque yo quiero, yo necesito, pero no merezco y no puedo"
El corazón de esta frase es: "Te acepto, Señor". El corazón de la frase: "Tú eres el Hijo de Dios", es: "Te acepto, mi Señor; te acepto como lo que yo estaba esperando, como lo que yo necesitaba, como lo que yo anhelaba; te acepto, mi Señor".
Ese es el fruto que tiene que dar en nosotros la palabra. "Te acepto, mi Señor", ese es el fruto de esta palabra, ese es el corazón.
 Jesús está diciendo es: "No se trata de palabras, se trata de que la vida, se trata de que tu corazón¡Qué penetración la de la mirada de Cristo! Y aquí es donde uno yo pienso que siente un profundo escalofrío. ¡cuántas cosas le decimos a Cristo!  
La mirada de Jesús verdaderamente en este momento
"Tu Padre, que está en lo escondido" San Mateo 6,6, dice Jesús; porque la versión decía: "Lo que conoce el ser humano en esta tierra se llama corazón". El único lugar que puede llamarse cielo en esta tierra es el corazón humano cuando está en gracia, ese es el único cielo que puede haber en esta tierra.
Con estas palabras nos invita, nos exhorta profundamente a que nosotros en primer lugar entremos en todo lo que decimos, ¡cuántas cosas decimos, cuántas cosas!

Señor Jesús: danos sinceridad, absoluta pureza de corazón, de modo que nuestras palabras sean alabanzas que surgen de ese sacrificio que se ofrece en los cielos y también en el corazón humano cuando está en la gracia.

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