Es
decir, toda la misión de Cristo es una misión en el sacrificio. La palabra
"sacrificio" significa "hacer sagrado" algo, "sacrum
facere", de ahí viene "sacri-ficio", "hacer sagrado"
algo. Y en este caso se trata de hacer sagrada la sangre, hacer sagrado el
dolor, es decir, darle un sentido de vida, un sentido de eternidad y un sentido
de salvación.
Creo
que necesitamos adaptar nuestros oídos para descubrir la riqueza que hay en
palabras como esas, sobre todo comprender el valor que entonces tiene la Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Por
qué nosotros destacamos tanto el valor de la Sangre? ¿Por qué el sacrificio del
Señor es tan importante? Digámoslo de manera breve: porque en la entrega de la
sangre está la entrega de toda la vida. Es decir, el que entrega su vida, el
que entrega su sangre está mostrando un nivel de amor, un nivel de entrega, un
nivel que es total: ¡lo ha dado todo!
Por
eso también dijo el Señor en el evangelio de Juan: "No hay amor más grande
que dar la vida por los amigos" San Juan 15,13.
Entregar
la sangre es manifestar el amor en su más pura y excelsa forma. Y por eso, en
la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, está un amor que podemos calificar de
"loco".
Santa
Catalina de Siena llama con amor a Jesucristo "un loco", "un
ebrio de amor". Por eso tampoco nos extraña que en el capítulo tercero del
evangelio de Marcos encontramos algunos parientes de Jesús que intentan
llevárselo discretamente a otra parte, y comenta el Evangelista: "Decían
que no estaba en sus cabales" San Marcos 3,21.
Jesús estaba loco, porque es una locura amar
en esas dimensiones, es una locura llegar hasta ese extremo, es una locura
entregarse como Él lo ha hecho, pero de esa locura viene nuestra salvación, y
por eso nosotros valoramos la Cruz, y por eso nosotros valoramos la santísima
Sangre del Señor, en la que ponemos toda esperanza para nuestra salvación
el cielo significa
aquello que puede ser anhelado, suplicado, esperado, aquello por lo cual
gemimos, aquello por lo cual suspiramos, aquello que nos llena de un gozo
indescriptible cuando lo recibimos, aquello que hace brotar en nosotros la más
intensa gratitud y alabanza.
Estamos
hechos para el cielo, pero no poseemos el cielo; deseamos el cielo, pero no
podemos construirlo como construimos nuestros santuarios; necesitamos cielo,
pero no tenemos manera ni de describirlo, ni de hacerlo; está más allá de
nosotros.
Esta
realidad que esta sintetizada en aquella expresión que Cristo nos enseñó:
"Padre nuestro que estás en el cielo, o Padre Nuestro del cielo" San Mateo 6,9, esa expresión
"cielo" es fundamental.
La
enseñanza de Cristo no es esa, es Cristo el que por su benevolencia está en los
que sufren, en los pobres, en los marginados, es Cristo, no el Padre; es Cristo
el que padece ahí, no el Padre.
Necesitamos
un cielo que no dominamos, esperamos un cielo que no podemos construir,
suplicamos un cielo que está más allá de nuestras codicias y de nuestras
fuerzas; esto hace que nuestro corazón reconozca, por una parte, su necesidad,
y por otra parte, su impotencia.
Estas
son las dos características necesarias para que el alma humana se abra al
misterio de la gracia: reconocer necesidad, reconocer que mi vocación profunda
se llama el cielo, pero también reconocer mi impotencia.
Cuando
el corazón humano llega a ese descubrimiento, entonces se rinde ante Dios, se
humilla ante Dios; descubre que necesita un sacerdocio distinto de lo que se
puede hacer con los animalitos del campo en un templo, así sea el fastuoso
Templo de Jerusalén.
Necesito
un sacerdocio distinto. Porque el oficio del sacerdote, eso está claro incluso
en la raíz misma de la palabra, el oficio del sacerdote es el servir de puente
entre la necesidad humana y la generosidad divina.
Necesitamos
el sacerdote de los cielos y ese es Cristo Jesús.
Cristo
entonces, es Aquel sacerdote, dado por el Padre Celestial, que puede
compadecerse a nuestra miseria pero que puede también sanar nuestra miseria;
que puede lamentar nuestro pecado, y curar nuestro pecado; que puede enseñar el
camino, y convertirse en camino. Ese es el Sacerdote que necesitamos.
Jesús,
el Hijos de Dios, presente en nuestra humilde carne humana, está ahí no
haciendo un paseo por las regiones de la tierra; padece la humillación, el
cansancio, el hambre y luego los azotes y la cruz sólo por una razón, la que
dice el credo: "Por nosotros y por nuestra salvación".
Decir
que el Hijo de Dios es ese Jesús que esta ahí, que enseña, que padece, que ese
Jesús es el Hijo de Dios, es útil para nuestra salvación, porque es el
reconocimiento de la misericordia de Dios que viene a sanar esa situación de la
que hemos hablado con lo de la Carta a los Hebreos.
Cuando
yo reconozco que yo quiero y necesito, pero no puedo ni merezco, entonces me
abro a la gracia y en eso llega Jesús y entonces yo recibo a Jesús, yo, ser
humano, recibo a Jesús y le digo: "Tú eres lo que yo necesitaba".
Si
le decimos a Jesús: "Tú eres el Hijo de Dios, es para decirle: "Tú
eres el que ha venido a sanar mi terrible situación; porque yo quiero, yo
necesito, pero no merezco y no puedo"
El
corazón de esta frase es: "Te acepto, Señor". El corazón de la frase:
"Tú eres el Hijo de Dios", es: "Te acepto, mi Señor; te acepto
como lo que yo estaba esperando, como lo que yo necesitaba, como lo que yo
anhelaba; te acepto, mi Señor".
Ese
es el fruto que tiene que dar en nosotros la palabra. "Te acepto, mi
Señor", ese es el fruto de esta palabra, ese es el corazón.
Jesús está diciendo es: "No se trata de
palabras, se trata de que la vida, se trata de que tu corazón¡Qué penetración
la de la mirada de Cristo! Y aquí es donde uno yo pienso que siente un profundo
escalofrío. ¡cuántas cosas le decimos a Cristo!
La
mirada de Jesús verdaderamente en este momento
"Tu
Padre, que está en lo escondido" San Mateo 6,6, dice Jesús; porque la
versión decía: "Lo que conoce el ser humano en esta tierra se llama
corazón". El único lugar que puede llamarse cielo en esta tierra es el
corazón humano cuando está en gracia, ese es el único cielo que puede haber en
esta tierra.
Con
estas palabras nos invita, nos exhorta profundamente a que nosotros en primer
lugar entremos en todo lo que decimos, ¡cuántas cosas decimos, cuántas cosas!
Señor
Jesús: danos sinceridad, absoluta pureza de corazón, de modo que nuestras
palabras sean alabanzas que surgen de ese sacrificio que se ofrece en los
cielos y también en el corazón humano cuando está en la gracia.
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