sábado, 7 de enero de 2017

Epifanìa








San Pablo nos ha dicho: se trata de un misterio revelado por el Espíritu. El que no recibe del Espíritu, el que no recibe voz de Ángeles o luces de estrellas, ambos en el cielo, como para que aprendamos que de lo alto viene toda dádiva; el que no recibe voces de Ángeles o luces de estrellas, no encuentra a Jesús.
De verdad que del cielo nos viene más allá y más hondo que cualquier voz de Ángel; siendo tan bellas, tan sabias y tan humildes sus voces, más allá que cualquier voz de estos santos espíritus y más allá que cualquier trato, en los cielos nos viene la gracia del Espíritu.
No hay Epifanía sino en el Espíritu, y no hay Epifanía sino cuando el Espíritu cae sobre nosotros y adueñándose de nuestro entendimiento, lo ata a la Carne de Cristo, lo enamora de esa Carne que destila gracia, lo deja prendido y prendado de esa manifestación de Dios.
Sabe el Espíritu de Dios cuál es nuestro preentendimiento, y al abrazarlo dulcemente y sin violencia, convencerlo de que toda salvación y toda sabiduría están en Jesucristo.
Sólo el Espíritu de Dios puede tomar nuestro corazón, y con cadenas de amor y con lazos de gracia, como diría San Agustín: "Apretarle al corazón de Cristo, para que nada nos pueda separar de ahí", y para que ninguna duda, ni nuestros pecados, ni por los afanes que tiene el peregrinar en esta tierra, ni por graves ni escandalosas que sean las tentaciones que nos acechan, podamos separarnos de ese amor que hay en ese corazón.
Una espiritualidad centrada en la Epifanía del Señor, es una espiritualidad con las manos tendidas a lo alto, con los ojos fijos en lo alto, en el cielo, y con la boca deseosa de cantar de una vez y para siempre las alabanzas que no acaban.
En cambio, el que desea la plena Epifanía, desea esa Epifanía definitiva del día del Cristo sobre nuestras noches; uno no puede estar centrado en la Epifanía del Señor sin desear el cielo, sin desear esa última manifestación de la gloria de Cristo, ese día último al que no le sobrevendrá noche alguna.

Se nos in invita desde lo profundo de su espiritualidad, a ser de veras espirituales, a tener y esperar nuestra vida sólo en el Espíritu Santo, y en ese Espíritu, a aguardar esa manifestación que no acaba, la eterna Epifanía en la cual contemplaremos para siempre.

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