viernes, 20 de enero de 2017

Ungida












El Evangelio, la Palabra amorosa y ungida de Jesucristo quiere suceder en la historia humana, y resulta que la única voluntad, la única vida que nosotros realmente le podemos entregar a Dios es la vida de nosotros mismos.  Nada podemos hacer tanto por el Evangelio, como dejar que el Evangelio suceda en nosotros.De manera que esta modesta presencia de los Apóstoles nos ayuda a recordar dónde está la verdadera grandeza y dónde está el verdadero centro de nuestro ser. Somos grandes porque Dios obra en nosotros, porque somos obra suya. En eso está nuestra grandeza.
Es una obra de evangelización darle permiso al Evangelio, dale autoridad y potestad al Evangelio de Dios para que acontezca en nosotros. Y de ese acontecer del Evangelio en nosotros se seguirán todos los otros frutos, algunos de los cuales se ven y otros no se ven.
Cuando los ojos nos impiden tropezar en una piedra, cuando con nuestras manos podemos, por ejemplo, llevar el alimento a la boca, unos órganos sirven a otros exteriormente. ¿Pero quién de nosotros piensa en las glándulas suprarrenales, o en la hipófisis, o en la tiroides? Están ahí soltando microgramos y miligramos de sustancias preciosas al torrente sanguíneo.
Uno puede morirse sin haber visto nunca la tiroides. Sin embargo esa tiroides está haciendo su obra al torrente sanguíneo, está haciéndole bien a todo el cuerpo. No tiene la vistosidad, ni la poesía, ni la nobleza de la mano, no tiene la altura, ni la majestad, ni la hermosura del rostro, y sin embargo está haciendo su obra.
Yo pienso que Cristo necesitaba no sólo apóstoles que fueran como las manos visibles, sino necesitaba también estos otros apóstoles que profundamente insertados en el Cuerpo de Jesucristo fueron soltando miligramos, microgramos al torrente de eso maravilloso que se llama la Comunión de los Santos y así, ya este 28 de octubre, va tomando cierto perfume de la fiesta de todos los Santos.
Ya la discreción de estos Santos, como que nos va preparando a nosotros para pensar en toda esa multitud que celebraremos en pocos días, con la bondad de Dios, en toda esa multitud que ha estado no a flor de piel, cuyas obras no se han visto tal vez demasiado, pero que sin embargo pertenecen con pleno derecho y con plena gracia al Cuerpo de Cristo.
Otra enseñanza que podemos tomar de estos Santos está muy bien expresada en aquella frase de San Francisco de Sales: "Tal vez Dios recibirá más gloria de otras personas que de nosotros".
Amar más a Dios significa muchas veces saber ocupar y saber recibir consciente y alegremente el puesto que a nosotros nos corresponde.

Saber integrarnos en el Cuerpo de Cristo, saber buscar nuestro lugar en el Cuerpo de Cristo es algo maravilloso, es una enseñanza preciosa aquí

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