El
Evangelio, la Palabra amorosa y ungida de Jesucristo quiere suceder en la
historia humana, y resulta que la única voluntad, la única vida que nosotros
realmente le podemos entregar a Dios es la vida de nosotros mismos. Nada podemos hacer tanto por el Evangelio, como dejar que el Evangelio
suceda en nosotros. De manera que esta modesta presencia de los Apóstoles
nos ayuda a recordar dónde está la verdadera grandeza y dónde está el verdadero
centro de nuestro ser. Somos grandes porque Dios obra en nosotros, porque somos
obra suya. En eso está nuestra grandeza.
Es
una obra de evangelización darle permiso al Evangelio, dale autoridad y
potestad al Evangelio de Dios para que acontezca en nosotros. Y de ese
acontecer del Evangelio en nosotros se seguirán todos los otros frutos, algunos
de los cuales se ven y otros no se ven.
Cuando
los ojos nos impiden tropezar en una piedra, cuando con nuestras manos podemos,
por ejemplo, llevar el alimento a la boca, unos órganos sirven a otros
exteriormente. ¿Pero quién de nosotros piensa en las glándulas suprarrenales, o
en la hipófisis, o en la tiroides? Están ahí soltando microgramos y miligramos
de sustancias preciosas al torrente sanguíneo.
Uno
puede morirse sin haber visto nunca la tiroides. Sin embargo esa tiroides está
haciendo su obra al torrente sanguíneo, está haciéndole bien a todo el cuerpo.
No tiene la vistosidad, ni la poesía, ni la nobleza de la mano, no tiene la
altura, ni la majestad, ni la hermosura del rostro, y sin embargo está haciendo
su obra.
Yo
pienso que Cristo necesitaba no sólo apóstoles que fueran como las manos
visibles, sino necesitaba también estos otros apóstoles que profundamente
insertados en el Cuerpo de Jesucristo fueron soltando miligramos, microgramos
al torrente de eso maravilloso que se llama la Comunión de los Santos y así, ya
este 28 de octubre, va tomando cierto perfume de la fiesta de todos los Santos.
Ya
la discreción de estos Santos, como que nos va preparando a nosotros para
pensar en toda esa multitud que celebraremos en pocos días, con la bondad de
Dios, en toda esa multitud que ha estado no a flor de piel, cuyas obras no se
han visto tal vez demasiado, pero que sin embargo pertenecen con pleno derecho
y con plena gracia al Cuerpo de Cristo.
Otra
enseñanza que podemos tomar de estos Santos está muy bien expresada en aquella
frase de San Francisco de Sales: "Tal vez Dios recibirá más gloria de
otras personas que de nosotros".
Amar
más a Dios significa muchas veces saber ocupar y saber recibir consciente y
alegremente el puesto que a nosotros nos corresponde.
Saber
integrarnos en el Cuerpo de Cristo, saber buscar nuestro lugar en el Cuerpo de
Cristo es algo maravilloso, es una enseñanza preciosa aquí
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