La
Eucaristía nos introduce en una corriente de amor y de obediencia, que es la de
Cristo Hijo a su Padre. La Eucaristía nos introduce en el misterio del amor
mismo de Dios, nos lleva más allá de nuestras pequeñas ofrendas a la ofrenda de
Cristo.
La
Eucaristía transforma nuestros días finitos en el día infinito del Señor; la
Eucaristía toma nuestras luces limitadas y vacilantes y las lleva a la hoguera
esplendorosa de Jesús. Esto hace la Eucaristía en nuestras vidas.
Quiero
destacar una frase de lo que acabamos de leer "Cristo presentó oraciones y
súplicas al que podía salvarlo de la muerte cuando en su angustia fue
escuchado" Carta
a los Hebreos 5,7.
Cristo fue salvado de la muerte.
Salvarse
de la muerte no es aplazar la muerte. Si uno va atravesando descuidadamente una
carretera y un automóvil casi lo atropella, dice: "Se salvó, se salvó de
la muerte". No se salvó de la muerte, la aplazó, ahí se aplazó la muerte.
Cristo
y en cada Eucaristía, se anuncia algo que es definitivo. A esa salvación
definitiva nos unimos nosotros en el pacto de fe y amor que es cada Misa.
Nosotros nos sintonizamos con ese amor, y con lo definitivo del amor de
Jesucristo, nosotros mismos vencemos la muerte.
El
Pan que comulgamos, la Eucaristía que compartimos, llega viva a nosotros. El
sacrificio que se ofrecía en el Antiguo Testamento era un sacrificio muerto; es
decir, muerta la víctima, por ejemplo el cordero, así se ofrecía a Dios.
La
Eucaristía es un sacrificio vivo, es un Pan Vivo, y así vivo llega a nosotros,
a nuestro corazón. La Eucaristía entra viva en nosotros a comunicarnos su vida.
la Eucaristía llega a producir en nosotros, a engendrar en nosotros una vida
que ya nadie puede destruir.
Cristo dice en el evangelio de Juan: "El
que coma de este Pan no morirá para siempre" San Juan 6,58, porque el que come la
Eucaristía come inmortalidad, se come un Pan que ya venció a la muerte; el que
se come a Cristo, el que se alimenta de Cristo, se alimenta de un Pan que ya
atravesó el umbral de la muerte.
Todos
rodeamos un Pan que es eterno, a un Pan que ya atraviesa los siglos, a un Pan
que ya vence al tiempo, que ya vence a la muerte. Comulgar, alimentarse de ese
Pan es comer inmortalidad.
Dios
nos concede la gracia de comer un Pan que ha vencido a la muerte, de un Pan que
ya no muere, una vida que ya no se extingue, una salvación definitiva. Esa
comunión y esa Eucaristía es también la certeza que cada uno de nosotros tiene
de que no morirá.
Cristo,
en cambio, llega vivo a nosotros, y no llega para que nosotros le transformemos
en lo que nosotros somos, sino para transformarnos Él en lo que Él es.
¡Qué
fuerza que tiene la Eucaristía! Llega viva a nosotros, inmortal, victoriosa,
definitiva, a hacernos inmortales, a hacernos salvados, a hacernos eternos; a
eso llega Cristo en nuestras vidas. Entra Cristo como Rey victorioso a nuestra
existencia, a transformarnos en Él, a transfigurarnos.
Si
yo he comido Pan Vivo, yo viviré, nosotros viviremos. Después de comer a Cristo
somos indestructibles; después de alimentarnos de Cristo tenemos en nosotros
una fuerza que ha vencido al mundo, que ha atravesado la muerte, que es más
grande que todos.
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