Los Magos, en cambio, nos invitan
a seguir una luz estable y gentil que no tiene ocaso, porque nos es de este
mundo: viene del cielo y resplandece en el corazón.
Luz verdadera es la luz del Señor, o mejor
dicho es el Señor. Él es nuestra luz: una luz que no enceguece, pero acompaña y
dona una alegría única. Esta luz es para todos y nos llama a cada uno: podemos
así sentir nosotros la invitación que hoy nos dirige el profeta Isaías:
‘Levántate, vístete de luz’.
En el inicio de cada día podemos
recibir esta invitación: levántate, revístete de luz, sigue hoy entre las
tantas estrellas fugaces del mundo a la estrella luminosa de Jesús!
Siguiéndola, tendremos alegría, como le sucedió a los Magos, que ‘cuando vieron
la estrella se llenaron de una enorme alegría’ (Mt 2,10); porque donde está
Dios hay alegría.
Quien
ha encontrado a Jesús ha sentido el milagro de la luz que rompe las
tinieblas y conoce esta luz que ilumina y resplandece. Quisiera, con mucho
respeto, invitar a no tener miedo de esta luz y a abrirse al Señor. Sobre todo
quisiera decir a quien ha perdido la fuerza de buscar, a quien afanado por la
oscuridad de la vida ha apagado el deseo: ‘Ánimo, la luz de Jesús sabe vencer
las tinieblas más oscuras’, ¡levántate, coraje!
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