lunes, 2 de enero de 2017

San Juan 2O,5

San Juan acompañó todo el proceso hasta el final,  Juan vio también cómo había sido puesto en el sepulcro, esto sucedía el viernes por la tarde, el sábado no se puede trabajar, es el día del descanso; el primer día de la semana sucede el acontecer del descubrimiento de la Resurrección.
 Mira: las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, San Juan 20,5; la ropa con que lo habían enterrado,  Juan sabía cómo habían puesto las cosas.
¿Y qué fue lo que se encontró en el primer día de la semana? San Juan 20,1ss Que estaba todo menos el cuerpo, todo como lo habían dejado menos el cuerpo, obviamente, la conclusión se sigue, si se hubieran robado el cadáver, nadie se roba un cadáver desnudo, ¿quién hubiera tenido el cuidado y la perfección de dejar todo absolutamente como lo habían puesto el viernes? Lo que Juan había visto el Viernes Santo, vio el domingo de Pascua.
Esa es la diferencia entre Pedro y Juan; Pedro vio sólo el domingo de Pascua y por eso no entendió; Juan había visto antes, el viernes, y ahora vio de nuevo el domingo de Pascua. Fíjate hay que ver al Crucificado, para ver en la fe al Resucitado; hay que ver la Carne martirizada de Cristo, para ver la Carne glorificada de Cristo; y aquel que prefiere no ver al Crucificado, se queda también sin entender al Resucitado.
 Juan había visto esa carne Crucificada y no había estado tan desesperado como para dejar de seguir viendo, pues ese mismo Juan ahora contempla todo como lo habían dejado menos el cuerpo y por eso entendió que efectivamente se lo habían robado; se lo había robado Dios.
Ese Crucificado era de Dios, porque ese Crucificado, desde el principio, había sido de Dios; desde ese acontecimiento, desde saber que Dios era el que se había robado ese cuerpo,  Juan empieza a entender y a remontarse y a levantarse a la altura, por eso como águila, segùn la imagen de la tradiciòn, podrá fijar su mirada plenamente en el sol.
La mayoría de las creaturas que tenemos el don de la visión, animales y hombres, no podemos mirar al sol fijamente porque se nos quema la retina, pero se cuenta que la excepción, será leyenda quizá, es el águila; pues bien, así como nuestros ojos no soportan mirar mucho dolor sin desesperarse, tampoco soportan mirar mucho amor sin caer en incredulidad.
Juan recibió de Dios la gracia de poder mirar de lleno el dolor y por eso pudo mirar de lleno el amor.
Que su predicación, que su corazón orante, que su conocimiento del Verbo Encarnado nos lleve a descubrir a Cristo en la Cruz y a descubrir en nuestras cruces a Cristo; que este amor de Juan nos enseñe tambièn a comulgar, nos enseñe a comer esa Carne martirizada y glorificada y a entender que esa Carne de Dios y de la humanidad está dada y ofrecida por nuestra salvación, para que alimentados con ella y ungidos por el Paráclito, podamos llegar a la Casa de la eternidad a donde Dios nos aguarda.
Este uso del verbo "ver" es completamente singular en la Sagrada Escritura, es una peculiaridad de este Apóstol y Evangelista, y quizá la Iglesia no ha querido perder esa peculiaridad y por lo mismo escoge este texto donde "él que ve y el que cree" y el que luego, como nos lo ha contado  da testimonio de eso que "vio y creyó" para edificación nuestra.
Esa no es la expresión del Evangelista, él no dice para edificación, sino para que nuestra alegría sea completa. "vio y creyó" San Juan 20,8. Es que según él, ver es ver las señales, y creer es entender las señales; el que no ve las señales no llega a creer, pero el que sólo ve las señales tampoco llega a creer.

Hay que ver a Dios en nuestra historia, y no le vamos a encontrar entonces como Él es, porque tampoco nosotros somos como llegaremos a ser; hay que encontrar a Dios como Él se deja encontrar en nuestra historia, y viendo esas señales, hay que creer mas allá de esas señales, y ese paso de ver las señales y de entender las señales, es la historia de todo su evangelio.

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