lunes, 16 de diciembre de 2013

Adviento

Esperamos que Jesús nazca, se nos dice en el evangelio del nacimiento de Jesús. Nuestra espera tiene una semejanza con la espera de los Profetas en el Antiguo Testamento, pero nuestra espera tiene también una diferencia.
Hay un parecido entre la esperanza de ellos y la esperanza de nosotros, todavía no tenemos el fruto que nace de esa semilla, todavía no tenemos el desarrollo de ese germen, todavía no tenemos la plenitud de ese comienzo.y precisamente porque algo o alguien grita dentro de nosotros, ese es el Espíritu Santo, dice San Pablo: "Alguien gime dentro de nosotros pidiendo la plenitud que es la redención de nuestro cuerpo" Carta a los Romanos 8,9.
precisamente porque hay alguien que gime, y ese alguien es el Espíritu Santo, que se une a nuestro espíritu y ora con nosotros, porque hay ese alguien que está orando en nosotros y con nosotros, Por eso nosotros cuando miramos el nacimiento de Jesucristo, lo miramos no como algo ya sucedido sino como algo que empezó a suceder y cuyo desenlace final nos implica también a nosotros.
Es maravilloso percibir este paso del Espíritu, porque este gemido del Espíritu, esta súplica del Espíritu en nuestros corazones, por una parte nos hace cercanísimos a todos los patriarcas y sabios y profetas del Antiguo Testamento.
Ese ruego del Espíritu Santo nos hace participar singularmente de las palabras de Jesucristo en el evangelio, concretamente, en las palabras de las bienaventuranzas: "Feliz el que tiene hambre" San Mateo 5,6; el que tiene hambre se pone en movimiento, el que está satisfecho se queda quieto.
"Feliz el que llora" San Mateo 5,5; el que llora implora consuelo, pide ayuda, el que está contento nada pide, y por consiguiente, nada recibe.
"Feliz el pobre" San Mateo 5,3; el pobre necesita salir, quiere salir de su situación.
Nosotros estamos en movimiento, sentimos el llanto, el hambre, el gemido, la súplica, sentimos también el movimiento, sentimos también que la historia se mueve en nosotros y con nosotros; ponemos la historia en movimiento y detectamos el movimiento de la historia.
Por eso digo, si en nosotros está el gemido del Espíritu Santo, si en nosotros está el ruego del Espíritu clamándole a Jesús que vuelva, felices nosotros porque tenemos la clave fundamental para entender el Evangelio, y sin esa clave, sin ese anhelo, sin ese sentirnos hambrientos, sin sabernos o sin reconocernos incompletos, no entendemos una palabra del Evangelio.
Jesús dice en el evangelio, "Amad a vuestros enemigos"; "orad por los que os persiguen"; "rezad por los que os maldicen" San Lucas 6,27.
Cuando llega el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, cuando ese Espíritu habita en nosotros y nos trae el ansia, el hambre, el afán de Dios, uno está tan atraído, uno está tan subyugado por los intereses de Dios, uno siente que es tan grave lo que está pasando en la tierra y uno siente que es tanto lo que hay que hacer, que las buenas o malas caras, que los problemas, que los insultos y que cualquier cosa de la vida pasada ya no importan.
San Pablo, ese gemido, ese dolor, esa angustia, esa pasión, si el Espíritu Santo llega a nosotros e incendia nuestros corazones con el anhelo del Reino de Dios, las demás cosas pasan a segundo, tercero o quinto plano.
Jesús no era de piedra, Jesús no tenía un corazón de palo, Jesús era una persona supremamente inteligente, increíblemente sensible, porque toda persona que tiene mucho amor, tiene también mucha sensibilidad.
El que más ama, más sufre, esa es una ley de la vida; el que ama se vuelve sensible, el que se vuelve sensible sufre, luego, si Jesús está colmado de amor, Jesús está lleno de sensibilidad. A Jesús las cosas le duelen, le duelen muchísimo.
Cuando Jesús nos dice que hay que amar a los enemigos, lo dice porque es un corazón que tiene prisa, porque es un corazón que está en la espera de la llegada del Reino, porque es un corazón que está fascinado por el futuro, que está atraído por lo que va a suceder.
Se parece porque seguimos aguardando la plenitud de la obra de Dios, pero no se parece, es distinta porque nosotros tenemos lo que ellos no tenían: un gérmen firmísimo de salvación que está precisamente en Jesús, en su Carne glorificada, en su victoria definitiva sobre el pecado, Satanás y la muerte.  Dios en su providencia, nos va permitiendo los aguijones, los problemas, los dolores, las enfermedades, los accidentes, las tentaciones, los enemigos, las injusticias, las cárceles, las depresiones, las incredulidades, los ataques del demonio.
Dios conoce todo, Dios lo sabe todo y Dios no quiere que tú te detengas, por nada del mundo quiere que tú te detengas, porque tiene reservadas para ti las delicias del final del camino.
Cuando esa obra, que empezó en el nacimiento humilde de Jesucristo, alcance su plenitud. Dios no quiere que nosotros nos perdamos.
La vida cristiana es un Adviento continuo; la vida cristiana es así, es una tensión continua.

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