La Sagrada Escritura contiene un camino hacia la fe plena en la resurrección de los muertos. Esta se expresa como fe en Dios creador de todo hombre, alma y “avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera”. Así, el santo padre desafía a los católicos pidiéndoles que salgan de la propia “comodidad” y se atrevan a “llegar a todas las periferias” que necesitan la luz del Evangelio, porque los seguidores de Cristo están llamados a acompañar a la humanidad en todos sus procesos, “por más duros y prolongados que sean”.
La evangelización “tiene mucho de paciencia”. Pero es “vital” que la Iglesia hoy salga a anunciar la Buena Nueva “a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo”. La comunidad evangelizadora se tiene que meter con “obras” y “gestos” en la vida cotidiana de los demás, achicar distancias, abajarse “hasta la humillación si es necesario”, y asumir la vida humana, “tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo”. La alegría del Evangelio “no puede excluir a nadie”. cuerpo, y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la Alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos que reviven gracias a la acción de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura “resurrección de Israel”, es decir en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado ( Ez 37,1-14).
Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a su cumplimiento esta revelación, y vincula la fe en la resurrección a su misma persona: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25). De hecho, será Jesús el Señor el que resucitará en el último día a todos los que hayan creído en Él. Jesús vino entre nosotros, se hizo hombre como nosotros en todo, menos en el pecado; de este modo nos ha tomado consigo en su camino de vuelta al Padre. Él, el Verbo Encarnado, muerto por nosotros y resucitado, da a sus discípulos el Espíritu Santo como un anticipo de la plena comunión en su Reino glorioso, que esperamos vigilantes. Esta espera es la fuente y la razón de nuestra esperanza: una esperanza que, cultivada y custodiada, se convierte en luz para iluminar nuestra historia personal y comunitaria. Recordémoslo siempre: somos discípulos de Él que ha venido, viene cada día y vendrá al final. Si conseguimos tener más presente esta realidad, estaremos menos cansados en nuestro día a día, menos prisioneros de lo efímero y más dispuestos a caminar con corazón misericordioso en la vía de la salvaciòn.
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