viernes, 6 de diciembre de 2013

Resurrecciòn

Aspectos que relacionan la resurrección de Cristo y nuestra resurrección. Él ha resucitado y así, nosotros también resucitaremos.
 La Sagrada Escritura contiene un camino hacia la fe plena en la resurrección de los muertos. Esta se expresa como fe en Dios creador de todo hombre, alma y “avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera”. Así, el santo padre desafía a los católicos pidiéndoles que salgan de la propia “comodidad” y se atrevan a “llegar a todas las periferias” que necesitan la luz del Evangelio, porque los seguidores de Cristo están llamados a acompañar a la humanidad en todos sus procesos, “por más duros y prolongados que sean”.
La evangelización “tiene mucho de paciencia”. Pero es “vital” que la Iglesia hoy salga a anunciar la Buena Nueva “a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo”. La comunidad evangelizadora se tiene que meter con “obras” y “gestos” en la vida cotidiana de los demás, achicar distancias, abajarse “hasta la humillación si es necesario”, y asumir la vida humana, “tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo”. La alegría del Evangelio “no puede excluir a nadie”. cuerpo, y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la Alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos que reviven gracias a la acción de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura “resurrección de Israel”, es decir en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado ( Ez 37,1-14).
Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a su cumplimiento esta revelación, y vincula la fe en la resurrección a su misma persona: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25). De hecho, será Jesús el Señor el que resucitará en el último día a todos los que hayan creído en Él. Jesús vino entre nosotros, se hizo hombre como nosotros en todo, menos en el pecado; de este modo nos ha tomado consigo en su camino de vuelta al Padre. Él, el Verbo Encarnado, muerto por nosotros y resucitado, da a sus discípulos el Espíritu Santo como un anticipo de la plena comunión en su Reino glorioso, que esperamos vigilantes. Esta espera es la fuente y la razón de nuestra esperanza: una esperanza que, cultivada y custodiada, se convierte en luz para iluminar nuestra historia personal y comunitaria. Recordémoslo siempre: somos discípulos de Él que ha venido, viene cada día y vendrá al final. Si conseguimos tener más presente esta realidad, estaremos menos cansados en nuestro día a día, menos prisioneros de lo efímero y más dispuestos a caminar con corazón misericordioso en la vía de la salvaciòn.


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