lunes, 30 de diciembre de 2013

Transforma

LaCRUZ se dice que Isaías, cuando contemplo en el templo de Jerusalén la majestad de Dios, quedó abrumado y dijo: “Soy hombre de labios impuros" Isaías 6,5; pero entonces un Ángel con un ascua encendida quemó los labios de Isaías, purificó esos labios para que pudiera predicar. Algo parecido tuvo que suceder en el corazón y en los labios de San Juan, son palabras demasiado altas, son palabras demasiado profundas, si tengo que decirlas todas juntas, quedémonos con el capítulo primero, versículo catorce del evangelio de Juan: "Kai ho Logos sarx Eguéneto, kai eskenosen en hemin", “y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” San Juan 1,14. Esas palabras se las dio el Espíritu Santo a este Apóstol, el que estamos celebrando hoy. ¿Cómo sería el corazón de este hombre, un hombre que pudo conocer así a Jesucristo? Cuando estaban celebrando la Última Cena, Pedro, que sabía que había una especial confianza entre Jesús y este Evangelista Juan, le hizo señas a Juan para que le preguntara a Jesús quién era el traidor. Juan recostó su cabeza en el pecho de Jesucristo. Yo quiero que te quedes con esta imagen, quiero que mires a ese hombre iluminado por el Espíritu, adoctrinado por el Verbo mismo de Dios, con su cabeza recostada sobre el pecho de Cristo. Eso somos invitados a ser nosotros hoy. El que quiera descanso, que se recueste en el pecho de Jesucristo; el que quiera encontrar luz, que la busque en el Corazón de Cristo; el que quiera aprender o recibir misericordia, que la reciba y que la aprenda del pecho de Jesucristo. En ese pecho, en ese costado, ahora abierto en la Cruz, ahí está el manantial de la vida, ahí está la fuente de la sabiduría, ahí está la luz que no engaña, ahí se hizo santo, ahí se hizo discípulo, ahí se hizo teólogo, ahí se hizo maestro el Apóstol San Juan . Con el Apóstol San Juan, pidamos a Dios la gracia de enamorarnos de Cristo, de mirarlo fijamente, amorosamente, contemplativamente, pidamos la gracia de llegar hasta ese costado abierto y beber las dulzuras del amor de Dios, el amor que transforma, el amor que nos levanta como levantó a San Juan, para que contemplemos cuánto ha hecho Dios por nosotros. De San Juan, oímos estas palabras: “Eso que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros. Y para que nuestra alegría sea completa” 1 Juan 1,3-4. La perfecta alegría cristiana no está sólo en recibir y llenarse uno, la perfecta alegría cristiana sólo está cuando uno anuncia, comparte, transmite lo que ha visto, lo que ha oído, sólo ahí está la alegría; la alegría no está únicamente en acoger, la alegría está principalmente en saber entregar los tesoros que Dios nos da.

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