Una de las señales mesiánicas por excelencia es la abundancia de alimento para todos. En Israel, lo mismo que en muchos pueblos de la tierra, el hambre ha sido un flagelo constante, y por eso uno de los deseos más sentidos del pueblo de Israel, y también hoy en nuestro país y en tantas otras partes, es que haya alimento, alimento suficiente y abundante para todos.
En la Edad Media, a menudo se describía la felicidad con esos términos que pueden parecernos un poco paganos o un poco profanos. Felicidad es estar frente a un banquete, y comer, y deleitarse, y calmar el hambre, y dar gusto al paladar. Son imágenes demasiado sensibles o demasiado materialistas, pero esto también tiene su enseñanza.
Al imaginar la gloria celeste, no nos la representemos sólo como algo tan espiritual y tan intelectual que termina siendo deleite sólo para los intelectuales y los espirituales de esta tierra; marginando con ello a casi todos los hombres y mujeres.
La felicidad que Dios nos ofrece es felicidad para cuerpo y alma; la dicha que Él quiere para nosotros es la dicha de toda su criatura, y por eso ya la Biblia da la pauta cuando nos enseña que esa gloria, que ese gozo al que Dios nos invita es un gozo pleno.
Ciertamente es más que cualquier banquete pero precisamente por eso puede servirnos como de abreboca y puede servirnos como de imagen preliminar ese sentarnos juntos y compartir como hermanos un mismo alimento.
El profeta Isaías habla de este banquete como de una promesa: “Dios va a prepara un banquete para todos sus pueblos” Isaías 25,6, es un banquete en el que se vence la ignorancia, en el que se vence ese desconocimiento del que ya nos había hablado en otro texto.
Por eso dice: "Arrancará en este monte el velo que cubre todos los pueblos, el paño que tapa a las naciones" Isaías 25,7. Como que al fin quedará claro para todos que lo que Dios creó lo creó para todos, como que al fin quedará claro para todos que Dios no era mezquino, ni era avaro, ni era envidioso de la felicidad de su criatura.
Porque también ese día quedará vencida la injusticia, la injusticia de los hombres que frena la generosidad de Dios, porque hasta llegan las cosas. Porqué si Dios creó el mundo para todos, los bienes no alcanzan para todos.
El gran calumniado es Dios, el gran calumniado es el Señor que queda como ese envidioso, como ese egoísta que no hizo las cosas bien; pues bien, esa mentira se va a acabar.
"Dios va a quitar ese velo, Dios va a quitar ese paño de todas las naciones y va a mostrar que Él si es generoso y va a borrar la iniquidad de la tierra" Isaías 25,6-7.
Preludio y comienzo de esta obra maravillosa de Dios nos la presenta el Santo Evangelio cuando la multiplicación de los panes; en el despoblado más grande y en el hambre más grande, Jesús sacia con su pan y con su alimento a la multitud.
Pero hay que añadir un elemento que aparece en el evangelio: antes de ese banquete que Cristo prepara en el desierto ha tenido que sanar a los ciegos, a los lisiados, a los sordos; como una imagen que la Iglesia aprovecha muy bien.
Primero tenemos que ser curados de nuestro pecado, y luego tenemos que limpiar nuestros ojos y levantar el corazón, como se dice en el prefacio, y entonces nos acercamos al altar, como a ese monte del que había hablado Isaías, para que Dios mismo nos alimente.
Pidamos, pues, al Señor que sane nuestros corazones, que reconstruya y levante nuestra fe y nuestra esperanza y que Él mismo se convierta en nuestra abundancia, que no esperemos
abundancia de nadie más, que no esperemos esa generosidad que sólo Dios
puede darnos, que no la esperemos de nadie más, que no pongamos en otro nuestra
esperanza.
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