lunes, 23 de diciembre de 2013

Purificarse

En el pueblo de Dios, en eso que se nos va a dar en Jesucristo,va a venir algo tan maravilloso y al mismo tiempo tan esperanzador y tan sencillo, va a venir algo tan alegre, tan transparente, tan simple tan profundo, va a venir a nuestras vidas algo, que podemos recibir con el gozo de los niños, con la serenidad , con la profundidad y el sentido que sólo da la sabiduría y que sólo dan los años. Anhelemos a ese Jesucristo. Jesús nace para ti; para ti, para ti viene Jesús; te ama y viene para ti, para ser la alegría de tú niñez; viene para ti, viene Jesús para ti". Le doy gracias al Señor por la vocación que nos une, por las plegarias, le pido que por los méritos de su preciosa Sangre, nos conceda la conversión que necesitamos. La Primera Carta de San Juan: "El que ama a Dios, el que tiene esta esperanza en Dios, se purifica a sí mismo" 1 Juan 3,3. Ya somos preciosos, ya somos como plata y oro, pero necesitamos esa purificación. El fundidor que refina la plata y el oro, o el lavandero que utiliza la lejía sobre la tela que está sucia, la ropa que está sucia. Recordar que somos preciosos, valiosos, pero necesitamos esa purificación, necesitamos el esfuerzo consciente de arrancar de nosotros, de quitar de nosotros lo que no ayuda a nuestra respuesta a Dios. Sabemos que toda vocación es respuesta, y sabemos que toda vida es vocación. De lo que se trata entonces es de hacer de nuestra vida ese proceso de purificación, que deja a la luz, que saca a a la luz el designio que Dios tuvo para nosotros. Purificarse, es un acto de voluntad, porque Dios no va a destruir su propia obra; Él nos hizo seres libres, Él no nos va a obligar a ser puros en su presencia. Él respeta, la voluntad que Él mismo dio. En ese sentido, purificarse es un acto nuestro. Pero en otro sentido, purificarse es un acto de Dios. El oro no tiene la capacidad de arrancar del todo la escoria: necesita una ayuda externa, esa ayuda es el fuego; el oro no arde por sí mismo: necesita un fuego que viene de fuera, y ese fuego es el que, poco a poco, hace posible que salga del oro la escoria. También nosotros necesitamos someternos al fuego. Aquel que quiera purificarse necesita someterse al fuego. No en vano la Escritura ha comparado el amor, sobre todo el amor intenso, con amor que es fuego. Por algo se habla de un amor "ardiente", porque arde, porque quema. Tenemos que someter nuestro pequeño amor al gran Amor; tenemos que insertar, tenemos que encerrar la pequeña llama de nuestro amor en la inmensa llama del Amor divino. El fuego tiene oro de brillo, pero no brilla tanto como el fuego. El oro no tiene luz por sí mismo, necesita de una luz para brillar. Así también, nosotros tenemos que someternos al fuego de Dios. Elías es un profeta como un fuego, y aquí enlazan las dos imágenes: la del orfebre y la del profeta. Elías, nos dice el libro Eclesiástico, "es un profeta como un fuego" Eclesiástico 48,1. Elías es el profeta de la fe verdadera, es el profeta de la perseverancia en la soledad, es el profeta de la fidelidad exquisita, podríamos decir, arriesgada hasta las últimas consecuencias. Sólo en el silencio, en la oración, en la escucha, y en el deseo explícito de agradar al único Dios, podemos seguir el ejemplo de Elías y podemos prepararnos realmente para acoger a Jesucristo.

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