Pues este pintor maravilloso, este infinito artesano y bendito artista, Dios, mi creador, ha tenido que frenar su mano cada vez que se cometo un pecado. Dios, escultor por encima de toda imaginación, fantástico creador por encima de toda fantasía, ha tenido que frenar su obra ante mis pecados, por eso el rostro de nosotros los pecadores, la vida de nosotros los pecadores, lleva las huellas del sí de Dios, pero lamentablemente lleva las huellas del "no" que nosotros a veces le hemos dicho.
Llevamos esas huellas. La vida de la Virgen María, lleva el sello de un "sí" continuo, de un amén continuo, de una fe continua, de un amor continuo. Este es el misterio que tienen los ojos de la Virgen María. A aquellos a quienes Dios les ha concedido ver a la Virgen; los que han podido mirar a la Virgen María. Los ojos de Ella.
Nunca Dios fue tan Dios como cuando hizo a María, nunca Dios fue tan Dios como cuando escuchó su oración, cuando la hizo crecer en virtud, cuando la acogió para siempre en la gloria.
María es la obra acabada, hermosa, perfecta de Dios el Creador. A Dios Creador lo celebramos en todos sus santos, y cuando nos alegramos en los santos y cuando le aplaudimos sus santos.
Pero otro lenguaje que sólo tiene el Espíritu Santo, lengua de fuego; otra lengua tendríamos que tener para decirle al Dios Creador cómo le quedó hecha la criatura por excelencia, la belleza por excelencia, la Santa entre las santas, la siempre Virgen y gloriosa María, Madre de su Hijo Nuestro Señor.
En la Virgen María, Dios pudo mostrar todo lo que podía hacer. ¡Cómo me duelen mis pecados a esta hora, cómo me duele ser un pecador! Entonces produciremos frutos de salvación para los otros y para nosotros, porque “quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn 15, 5), nos asegura el mismo Jesús. María fue la criatura más unida a Cristo, y por eso es la que produjo el máximo fruto de salvación para la humanidad y para cada uno de nosotros; ese fruto es el mismo Salvador, “el fruto bendito de su vientre”. Si tenemos a Cristo, podemos hacer que también otros lo tengan.
La inmensa variedad de calamidades y sufrimientos que padece la mayoría de la humanidad, se irán venciendo “a fuerza de bien”, en unión con Cristo y con María Inmaculada, que tienen en su mano la victoria segura sobre todo mal y sobre la misma muerte.
La presencia de Jesús resucitado victorioso, formado también en nosotros por el Espíritu Santo y la presencia maternal de María en nuestras vidas, las tenemos garantizadas por la misma palabra infalible de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” Mt 28, 20). Donde está Jesús, allí también está María, Madre suya y nuestra.
Con los ojos de la Virgen María no sucede así. Si tú le miras a los ojos, tú sientes un camino infinito, la sientes mujer, la sientes joven, la sientes niña.
Tú puedes mirar la infancia de la Virgen, mirarla Niña, con mirarla a los ojos, la puedes mirar niña, porque no hay ninguna ruptura, porque no hay ninguna fràctura, porque nada se rompió, porque Ella, en el fondo y en la realidad de su carne y de su alma, tiene toda la belleza de la niña, así como la madurez de la edad adulta.
Bendita la Virgen María que tiene la inocencia, la belleza, la experiencia; que tiene toda la belleza del niño, toda la pureza del niño, toda la inocencia del niño, todo el vigor del joven, toda la esperanza del joven, toda la experiencia del adulto, toda la ecuanimidad y la prudencia del adulto, toda la madurez y desprendimiento del anciano; es muy bella, y en sus ojos, nuestros ojos cansados, descansan.
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