martes, 24 de diciembre de 2013

Herencia

El día del Señor, el día de su gloria, el día de su triunfo, el día en que aparezca su justicia. Ese día del Señor tendrá consecuencias para todos. Si un día Dios se pusiera realmente a ajustar las cuentas, tendría que suceder lo que dice Malaquías: "Sería como un fuego, un fuego purificador"Malaquías 3,2. La Carne que recibió de María, esa Carne bella de este Bebé primoroso que nos fascina, que nos enamora en el pesebre, esa carne que recibió de María se la entregó después a María! ¡Pero qué diferencia! Cuando nace este Bebé de las purísimas entrañas de la Virgen su Carne es inmaculada, tanto y más que la de cualquier bebé. Carne bellísima del Hijo de Dios, limpia, perfecta, sonrosada, tierna. Esa fue la Carne que María le dio a Jesús. ¿Y cuál fue la Carne que Jesús le devuelve a María después de la Cruz? Es la Carne estrujada, abusada, rota, la Carne que ha recibido el impacto, que ha recibido las consecuencias de tus pecados y de los míos. Y aquí se ve algo del corazón, que podemos llamar sacerdotal, de la Santísima Virgen, porque Ella ofrece el Hijo en el pesebre y Ella ofrece al Hijo en la Cruz. ¿Qué podemos aprender nosotros en este día del Señor? Podemos aprender que la Navidad es alegre. ¡Qué dicha, qué gozo que haya venido Jesús, qué hermoso, qué lindo es! Cristo entregó por nosotros todo lo que recibió de nosotros, por eso también quiso morir desnudo en la Cruz, porque todo lo que recibió, lo entregó, y sólo lo recibió, para entregarlo. Ese es el sentido de la Navidad. Cuando veamos a este Niño en el pesebre, cuando nos dejen extasiados sus ojos, su sonrisa, sus mejillas, sus labios; cuando sintamos una oleada de amor y de ternura y abracemos al Bebé, al Niño Dios, tenemos que recordar, teniéndolo aquí en los brazos: "Gracias, Jesús, todo lo que recibiste de nosotros, lo entregaste por nosotros, y así nos enseñaste que significa la palabra amor". Amar es eso. Amar es ser como Jesús. Amar es dar la vida por el amigo. Él nos trató como amigos; y todo lo que recibió de nosotros, lo entregó por nosotros. Cuando veamos a Cristo en la Cruz entenderemos que lo que le sucedió a Él era lo que tenía que habernos sucedido a nosotros. A Él le sucedió el día del Señor, que era lo que tenía que habernos pasado a todos nosotros. Si permanecemos adheridos a Jesucristo, estamos libres de toda condenación. El que habiendo conocido al Señor se aparta de él, se lanza nuevamente al fuego de fundidor, a la lejía del lavandero. Pero unidos a Jesús, como Cuerpo suyo y Sangre suya, unidos a Jesús como miembros de su rebaño, unidos a Jesús como miembros de su Cuerpo, ningún daño podrá realmente trastornar la herencia que Él nos ganó a precio de su Sangre.

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