“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Estas son las palabras con las que el papa Francisco comienza su primera Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (La alegría del Evangelio).
En ella el santo padre recoge los trabajos del Sínodo dedicado a “la nueva evangelización para la transmisión de la fe” celebrado del 7 al 28 de octubre de 2012 en el Vaticano. Un programa de pontificado, podríamos decir, ya que a lo largo de los 300 puntos que forman la exhortación, el pontífice habla de su visión de la Iglesia y del mundo, profundizando en ideas que ya ha anunciado durantes estos ocho meses. Francisco expresa su "sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación". Acontecimientos que rodearon la llegada de Jesús a nuestra tierra, un nacimiento esperado con amor por María, un nacimiento esperado con inmenso anhelo por su pueblo, un nacimiento en verdad aguardado por toda la humanidad.
José entra en el plan de salvación. Jesús, como todos los sabemos, nació por obra del Espíritu Santo en las entrañas de María.
El Espíritu Santo no vino a reemplazar lo que hace el hombre en la mujer cuando ésta queda embarazada, cuando ésta concibe un hijo; el Espíritu Santo vino a bendecir y a consagrar la decisión virginal de María haciéndola fecunda para la salvación del mundo.
Es la misma obra que hace el Espíritu Santo en José. El mismo Espíritu que hace Madre a María, hace padre a José; el Espíritu no viene a reemplazar ni al hombre ni a la mujer sino a bendecir el amor de este hombre y esta mujer y hacerlos fecundos de una manera nueva.
Jesús; vino a traer la salud y la salvación a todos/as.
La virginidad perpetua de María, que es también la virginidad perpetua de José, es una señal de que Jesús es enteramente un regalo de Dios, como quien dice, esta vez la virginidad es una señal de la gracia de Dios, es una señal de que nuestras fuerzas, deseo y aspiraciones humanas no alcanzan todo lo que Dios nos está ofreciendo en Jesucristo.
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