Hay una esperanza; el reino va a llegar; Dios cumplirá su promesa". Una señal que estaba oculta en el cuerpo de esa mujer, una señal que estaba oculta de la luz del sol, una señal que sólo Dios sabía, estaba solamente ahí, en el vientre de esa mujer. Pero era la señal que Dios daba de su cumplimiento y de su promesa. En el vientre de una mujer, en lo más profundo del cuerpo y del amor de una mujer, Dios puede tener escondida su respuesta. Porque entendían que Dios es la única señal, habían llegado a pensar antes de que naciera Jesucristo, esto es lo más valioso de esa traducción, que es llamada "la traducción de los Setenta" , que Dios es el único que puede dar verdadera respuesta
Esta concepción virginal, lo que está indicando, es: "Sólo Dios es la respuesta". Se ha dicho bellísimamente: "Cada niño que nace es una prueba de que Dios no ha perdido la esperanza en la humanidad". Cada niño que nace es una edición distinta, es una edición nueva de lo que significa humanidad, es una propuesta diferente. Cada niño es una Navidad.
Pero hay un Niño que es la Navidad, un Niño en el que están todas las respuestas de Dios, un Niño que como todos nosotros estuvo escondido en el vientre de su Madre. En el silencio de ese Sagrario, en el silencio de ese Templo, escuchó a través de la carne de su propia Madre, las plegarias de Israel.
María era una judía piadosa, una judía que oraba. Las oraciones de María, la voz de María, fue la música que escuchó ese embrión, ese germen de salvación que estaba allá escondido. Mientras el mundo entero corre detrás de lo que parece más importante, más vistoso, de lo que parece más adinerado, o más poderoso, la respuesta de Dios llegaría de la humildad de ese vientre, de ese silencio, y de esas oraciones.
Ya los judíos anteriores a Jesucristo habían presentido: "Dios nacerá de una Virgen". Y así vino a suceder. Por eso, cuando el Ángel le explica a José, y le dice: "No tengas reparo en llevarte a María; la creatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo" San Mateo 1,20, José, que también era hombre de fe, hombre de piedad, y hombre que conocía la Escritura, comprendió que a su lado estaba aconteciendo algo maravilloso: era la visita misma de Dios.
Sin duda alguna, él la conocía muy bien, él la amaba muy bien, él la admiraba muchísimo, él sabía que se trataba de una Santa, de una mujer de Dios.
Pero cuando el Ángel le dijo estas palabras, entonces José empezó a entender hasta dónde Ella era de Dios, y hasta dónde Dios a través de esas entrañas, y de ese silencio misterioso pero fecundo de María, estaba preparando una Palabra, la Palabra de salvación que es Jesucristo, a quien todos nosotros aguardamos en Navidad.
Ese silencio amoroso, gozoso y creyente de María, esa fe gozosa, ilustrada por la Palabra, ilustrada por el Ángel de José, ese silencio y esa fe, ese gozo y esa esperanza, son como las características, son como los sentimientos, son la cuna en la que nosotros podemos recibir a Jesucristo.
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