Es la única razón por la que Pablo tuvo vida después de la conversión en Damasco. Le decía Dios a Ananías: "Yo le mostraré a él todo lo que tiene que sufrir por mi Nombre" Hechos de los Apóstoles 9,16. Y "por mi Nombre" era por la extensión del Nombre de Dios, por la evangelización.
Dios quería a través de Pablo, manifestar tantos tesoros de la sabiduría de Cristo, tantas cavidades de ese abismo que es el amor de Dios.
Entendamos que nuestra vida es para eso; que la única razón de nuestra vida, ahora que ya creemos en Cristo, es recibir misericordia y prolongar la misericordia. Con esa misericordia, quisiéramos alcanzar también a los que se han alejado, esos que "estaban entre nosotros, pero que ya no son de los nuestros" 1 Juan 2,19.
Unigénito del Padre, nosotros entramos en el mundo de Dios" San Juan 1,14.
La palabra se hizo carne, y acampó o habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Es la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.
El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios, tomándola de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad, sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.
Porque esa Palabra que se hizo Carne es en primer lugar, la Palabra que había sido dirigida ya a los profetas, en cierto sentido, como lo destacan los Padres de la Iglesia, esa Palabra había venido encarnándose, se había venido aclimatando, había ido tomando el rostro y el rastro de la especie humana.
Ya cuando en la antigüedad se hablaba de las intervenciones de Dios, cuando se decía, por ejemplo: “Muéstranos tu rostro” Salmo 80,20, o cuando se decía, por ejemplo: “Alégrese cielo y tierra” Salmo 96,11; cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios en nuestra historia, ya estaba como un preludio de esa Encarnación.
En las palabras sabias de los escritores cultos de Israel, en las palabras estremecidas de vida o de amor de los profetas, en esas palabras ya estaba palpitando la Palabra.
Y hay expresiones del Antiguo Testamento, ya tan tan cercanas a Jesucristo, que nos quedamos realmente sorprendidos, como por ejemplo aquellos Cánticos del Siervo en Isaías, que retratan, que pintan maravillosamente el misterio del amor a través del sufrimiento, la salvación a través del dolor y del amor; esa es la Palabra que se ha hecho Carne, se ha hecho visible entonces. Por eso no podemos separar el misterio de la Encarnación de Dios, del misterio de la manifestación de su gloria. Si la Encarnación estuviera privada de la gloria, sería una disminución de Dios.
Pero esa Carne de la que se ha vestido el Verbo de Dios, esa Carne está ella misma vestida de gloria, en Jesucristo hay que saber ver como ese doble vestido: la Carne, que es humilde como la de nosotros, y la gloria, que es sublime, mayor que nosotros, pero para nosotros.
Hay que reconocer el misterio de la Carne para verle hermano nuestro, y hay que reconocer el misterio de la gloria para verle como Jefe nuestro Líder nuestro. Es hermano en nuestra desgracia pero es hermano también en nuestra salvación.
Por el misterio de su Carne es hermano en nuestra desgracia, sabe Él de los males propios de nuestra historia, incluida la traición de los amigos, la soledad, los azotes y la muerte, sobre todo
Es hermano en nuestra desgracia por su Carne, pero es hermano en nuestra victoria porque hace nuestra la suya. Y esa fraternidad, esa unión en su victoria es posible porque la misma gloria que resplandece en su Carne macerada, es la gloria que nos envuelve con su esplendor, a través de la predicación del Evangelio y a través de la donación del Espíritu Santo.
De manera que aquí se cumple lo que canta la liturgia de estos días, el maravilloso intercambio: nosotros le dimos nuestra carne y Él nos dio su gloria, ha quedado en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
Pero es que el pecado nuestro ha sido vencido. De manera que cuando el pecado haya sido completamente vencido en nosotros, a saber, en la gloria celestial, seremos del todo semejantes a Él. Porque Él tendrá de nosotros nuestra carne y nosotros tendremos de Él su gloria.
Es maravilloso meditar en este versículo y descubrir que un mismo verbo, el verbo “ver”, sirve para estos dos vestidos; nosotros no podíamos ver a la Palabra si no se hace Carne, pero, en ese mismo “ver”, descubrimos la gloria de esa Carne, de nuestra carne.
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14, ahora que miramos a Jesucristo crucificado y glorificado, con unos mismos ojos y con un mismo acto, están fundidos el misterio de la Carne y el misterio de la gloria.
El momento en el que se funden esos dos vestidos, es cuando desaparece todo otro vestido, en la desnudez de la Cruz. Cristo, desnudo de toda ropa, está sólo vestido de nuestra carne, pero allí en la Cruz, donde manifiesta la plena victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás, manifiesta toda su gloria.
De manera que Cristo Crucificado es, al mismo tiempo, el que está vestido completamente de nuestra carne y el que está vestido completamente de su gloria. En el evangelio de San Juan, el momento de la glorificación, el momento de acoger la gloria es el momento de la Cruz, cuando se quita todo vestido y queda solamente vestido la gloria el que estaba vestido de nuestra carne.
De este modo, las señales, todas y cada una de las señales de lo que hubiera sido su derrota, se convierten en las señales de su gloria. La Carne que hemos visto nacer en esta Navidad, la Carne que adoramos en el Pesebre, el Cuerpo de Jesús tomado de la Santa Virgen, todo ese misterio del amor está ahí camino de la Cruz.
Es impresionante meditar en el lugar de María en el Nacimiento y en la Cruz. En el Nacimiento estaba Cristo desnudo rodeado de Ella, protegido por Ella, arropado por Ella; brilla la gloria de Dios, y por eso los Ángeles en la noche de Navidad han cantado: “Gloria a Dios en el cielo” San Lucas 2,14.
Cristo en nuestra carne, Cristo desnudo en la gloria de Dios. Pues bien, es lo mismo que encontramos al final de la vida del Mesías. De nuevo está María como dando a luz nuevamente a Jesucristo, ya no para que Él nazca en nuestra carne, sino para que nosotros nazcamos en su gloria.
Ahí está Ella nuevamente, de nuevo Ella puede envolverlo con su amor, un amor que a la hora de la Cruz tiene el aspecto dramático de sufrimiento hasta el extremo.
De nuevo está Cristo desnudo y de nuevo brilla la gloria de Dios. Podemos decir que este primer momento de la vida de Cristo en la tierra, al nacer, se entiende relacionándolo con el último momento, a la hora del Calvario y de la muerte. Y a su vez, este último momento queda iluminado por Belén. Belén y Jerusalén, la desnudez de la carne y el resplandor de la gloria.
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14, ¿a qué se refiere esa expresión? En la noche de la Navidad las palabras gozosas de los pastores dan fe de esto: "Fueron y contaron lo que les había dicho el Àngel, y se fueron felices" San Lucas 2,20.
Esos, que visitaron al recién nacido, hubieran podido decir, y seguramente dijeron: “Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Pero fue también una contemplación de su gloria aquel día, que ya está cercano en la liturgia, en que los Sabios de Oriente se postraron ante Él, le dieron sus regalos y le reconocieron como Rey. También esos Magos, cuando volvieron a su tierra por otro camino hubieran podido decir: “Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Y Juan el Bautista, cuando despúes de años de penitencia y meses de predicación, ve al Cordero de Dios, ve rasgarse los cielos, como quería Isaías, y descender al Amor en forma de paloma, también hubiera podido decir lo que nos recuerda elevangelio de hoy: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
"Este es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí, porque existía antes que yo"" San Juan 1,30.
Y ante los milagros de Jesucristo, ¿qué decía la gente? "Hoy hemos visto cosas admirables" San Lucas 12,26, o aquella otra expresión que me gusta tanto: "Es que todo lo ha hecho bien" San Marcos 7,37.
Los que contemplaron esas sesiones únicas de sanación, esos milagros de amor, al volver a sus casas podrían decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Y cuando con una palabra suya, palabra llena de esa autoridad única del Hijo de Dios, el demonio sale en retirada, y vuelve la paz, y el gozo se apodera del alma, y la alabanza colma el corazón, la gente también pudo decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Pero todas esas obras tendrían su culminación precisamente en la hora de la Cruz, ahí hemos contemplado su gloria, ahí hemos visto por qué nuestra carne, ahí hemos entendido por qué el Pesebre, ahí hemos descubierto por qué está con nosotros, por qué es Dios con nosotros, porque si Él no fuera Dios con nosotros, no podríamos ser pueblo suyo, discípulos suyos, hermanos suyos.
Está culminando la Octava de la Navidad, también nosotros podemos decir: "Hemos contemplado su gloria" San Lucas 12,26, también nosotros podemos decir: "Hoy hemos visto cosas admirables" San Lucas 12,26.
También nostros podemos decir que hemos visto el cielo abierto, por lo menos entreabierto, en esa herida del costado que ya habla de cielo
Al terminar esta Octava, nos falta la celebración de Santa María, Madre de Dios, al terminar esta Octava, es ese versículo de San Juan el que mejor describe nuestro corazón: “Verdaderamente la Palabra ha acampado entre nosotros, verdaderamente nosotros hemos contemplado su gloria” San juan 1,14. La velocidad del tiempo, si se puede hablar de esa manera, no cambia en esta noche. Esta noche, desde el punto de vista de las estrellas y los astros, es quizás una noche más. Pero, a nosotros, los seres humanos, nos ayuda llevar una cuenta de los años, nos ayuda recordar que el tiempo va transcurriendo.
Y por eso, esta es una época en la que hacemos evaluaciones. ¿Qué pasó con los propósitos que yo hice el primero de enero de 2007? Ahora, ya termina este año. ¿Qué tanto se logró de eso que se prometió? Esa es una forma de evaluar.
Los bancos, los comercios, las empresas, hacen sus propias evaluaciones también. ¿Qué se consiguió? ¿Nos fue mejor este año? ¿Nos fue peor? ¿Qué se hizo? Y así, sucesivamente. Es importante tomar esa conciencia del tiempo que pasa.
Nosotros tenemos una razón adicional. Y es que para nosotros, cristianos, el tiempo tiene un sentido de regalo continuo y de ofrenda permanente. El tiempo es el primer y fundamental regalo que Dios nos da, porque estar vivo significa, mientras estamos en esta tierra tener tiempo, contar con un poco de tiempo.
A la vez, el tiempo es una ofrenda. Porque, nosotros, como cristianos, ofrecemos la eucaristía de la vida. Nuestra vida misma es eucaristía. Y eso sólo se logra ofreciendo el día y la noche, los minutos y las horas, ofreciendo, en fin, el tiempo. ¡Convertir el tiempo en nuestra ofrenda! ¡Convertir el tiempo en nuestra eucaristía!
Hoy le presentamos al Señor, por ejemplo, el año 2007. Un ejercicio interesante es, si pusiéramos una bandeja aquí y le pidiéramos a esta asamblea: "Tú, ¿qué traes para poner en esa bandeja? ¿Cuál sería ese objeto, papel, -o no sé-, prenda de vestir, juguete o aparato que pondrías tú ahí? Este año 2007, ¿en qué ha sido distinto para ti?"
Dios te ha regalado 365 días. ¿En todos esos regalos hay algo que destacar? ¿Qué fue lo que te sucedió este año que no había sucedido antes en tu existencia? ¿O fue un año que se repitió? ¿Fue una fotocopia de otro tiempo? ¡Seguramente que no!
¿Qué quisieras traer tú aquí como ofrenda? ¿Qué quisieras poner ahí? De pronto, una pareja podría dejar una copia de la escritura de la casa, porque han asumido ese compromiso.
De pronto, una religiosa diría: "Este año fue el año en el que hice mi primera profesión". Entonces, pondría ahí, un anillo o un velo, algo que hablara de su consagración. De pronto, un escritor podría traer su libro, ese libro que le costó tanto esfuerzo.
¿Cómo resumes tú este año en tu vida? La vida no puede pasar, simplemente, como que salió el sol, corrió el sol, se ocultó el sol, se hizo de noche, nació el sol, corrió el sol, se ocultó el sol ....
¡Algo tiene que estar sucediendo en tu existencia! ¿Qué fue lo nuevo que trajo esta etapa a tu vida? ¿Qué es lo que tú quisieras entregarle al Señor como gratitud, como ofrenda del tiempo que ha transcurrido? Ahí te dejo esa inquietud. Puede servir también como materia de conversación en alguna reunión que haya después de esta Eucaristía.
Por otro lado, el tiempo nos hace despedirnos de la gente que ya no volveremos a ver. Por supuesto, en mi familia, el nombre que viene es el de mi cuñada recientemente fallecida. Cada año va dejando una serie de nombres, amigos nuestros, vecinos, parientes. Ellos, de un modo impresionante, nos están recordando que también nosotros pertenecemos a la misma raza.
Como decía el papá de un sacerdote amigo: "Todos esos que van muriendo, nos están recordando que ahí va el surco". Ahí va el surco y se va acercando también. ¿Cuándo será ese año, -tal vez está cerca, tal vez falta un poco-, en el que otros estarán recordando y diciendo: "Bueno, en este año se fue la hermana ... ". ¡Se fue!
El tiempo que pasa nos obliga a despedirnos. Es un despojo, es un continuo despojo. Pero, al mismo tiempo, es una riqueza. Porque, con el paso del tiempo también van llegando otros rostros.
Esta casa religiosa, por ejemplo, no contaba con algunas de las voces que están presentes. A ver, ¿quiénes llegaron este año aquí, por favor? Ahí hay varias voces, varias voces que llegaron este año.
Luego, es a la vez un despojo y es una riqueza. Es a la vez un morir y un nacer. ¿Qué diremos? El tiempo es pascua, es morir y renacer. Y también nosotros, en algún momento, tendremos que dar nuestra cuota.
También nosotros tendremos que despedirnos y tendremos que decir, -ojalá con plena conciencia, con plena lucidez-, decirle al mundo, a la Iglesia y a nuestra comunidad: "Gracias por todo. Hasta aquí llego. ¡Ánimo! ¡Bendiciones! Nos vemos en el Cielo".
El tiempo trae esas despedidas y el tiempo trae esos saludos. Para nosotros, creyentes, el tiempo, sin embargo, no es un círculo, no es la repetición, no es el eterno retorno. El tiempo es una flecha, tiene una dirección. El tiempo apunta hacia una plenitud en Dios.
Cada año nosotros recordamos esto, especialmente en la Pascua. Sé muy bien que la celebración de la Semana Santa queda un poco entre brumas en este momento. Mas, conocemos el rito. Cuando se toma el cirio pascual, se graba con el año.
Cada cirio pascual es único; tiene un año. Ese año indica dos cosas: el tiempo que ha transcurrido desde la llegada de Cristo a esta tierra, pero también, que seguimos esperando el definitivo retorno del Señor.
Es decir, al despedir este 2007, nosotros, como cristianos, no podemos dejar de hacer un reclamo de amor a Cristo. Porque, estamos esperando que Él vuelva. Entonces, cuando termina el año, le estamos además diciendo a Jesús: "Señor, se acabó este año y no volviste. Se acabó este año y te seguimos esperando, Señor".
Por lo tanto, el cambio de año es también una manera de afianzar nuestra esperanza, es una manera de levantar nuestro ardor mientras aguardamos a Jesús que vuelva. Porque, no todos los años serán iguales. Habrá un año, -no sabemos cuál-, que será el último de los años.
¡Vendrá el Señor! Eso parece imposible, eso parece fantasioso. Mas, Jesús nos dice en el evangelio: "Igual que sucedió en tiempos de Noé, sucederá cuando vuelva el Hijo del hombre" San Mateo 24,37. Es que en tiempos de Noé, la gente compraba y vendía, se casaban y se separaban, hasta que Noé entró en el Arca.
Mientras que la visión pagana es que nunca sucede nada y que todo se repite, la visión nuestra es, "Kayrós". El tiempo para nosotros tiene color, tiene perspectiva, tiene dirección, -casi digo-, tiene perfume. Nosotros vamos sintiendo el olor de la Pascua de Cristo a través de los años y de los siglos.
Nosotros vamos persiguiendo el rostro de la Sangre redentora, purificadora de Jesús a través de los años. Y vamos buscando a ese Señor que también viene al encuentro de nosotros, que también viene saludando nuestra esperanza, dispuesto a abrazarnos y a llevarnos a esa Casa donde ya no existe el tiempo, esa Casa con muchas habitaciones.
Que estas reflexiones nos ayuden a santificar nuestros días, a sentirnos felices de existir, pero, asimismo, a comprender la responsabilidad que significa tener un día. ¡Un día es una tremenda responsabilidad!
Aquí, en Colombia, recordamos con amor a un buen predicador, un sacerdote generoso, el Padre Rafael García Herreros, que centró la espiritualidad de su vida a partir de lo que hoy hemos meditado. Él decía: "¡Es tan breve el paso por esta tierra, son tan largos los siglos y es tan breve la vida! ¡Es como un minuto! Si va a ser un minuto, que sea un 'minuto de Dios".
Entonces, de ahí viene la expresión. Y por tanto, él sostiene: "Yo quiero que mi vida, que es tan breve porque es un instante entre dos eternidades, que mi vida, que es sólo un minuto porque apenas estamos saludando y ya nos toca despedirnos, si mi vida va a ser un minuto, que mi vida sea un minuto de Dios, un minuto en el que Él realice su obra".
Cuando uno toma esta perspectiva, ¿no es verdad, mis hermanos, que muchas cosas parecen más pequeñas de lo que usualmente las tratamos? Esas dificultades, esos disgustos de la vida cotidiana, esos pequeños asuntos en que nos enredamos, de veras que se ven muy pequeñas cuando pensamos en las eternidades que nos flanquean como pasado y como futuro.
¡Qué pronto termina la vida! ¿En qué voy a gastar mi vida? ¿En pequeñas discusiones? ¿Alegando por un poco de poder?
Hay una historia que he contado varias veces. Se trata de una señora, vecina de nuestro Convento, inteligente, bella, rica, -bueno, señora, no; no se casó en realidad-, y con un talento superior para los negocios. ¡Impresionante! Tenía una capacidad para hacer plata, que parecía el rey Midas: como que todo lo que tocaba lo volvía dinero.
Pero, lamentablemente, esta mujer con algo más de treinta años, estaba muriéndose. Y efectivamente murió víctima de un cáncer. En esa ironía, en ese mal chiste de la vida que se convirtió en el camino de su muerte, varios de los religiosos del Convento de Santo Domingo tuvimos ocasión de conocerla, orar con ella y orar por ella.
Cuando estaba agonizando, seguía recordando sus negocios. Le faltaban tres o cuatro días para morir, y estaba pensando en dónde iba a invertir el dinero que había ganado la semana pasada.
¿No es verdad que suena un poco ridículo a pesar de que fueran gruesas sumas de dinero, a pesar de que tuviera un talento tan grande para multiplicar los bienes sobre esta tierra? ¿De qué vale eso, si ella misma tenía que dejar esta tierra?
Por esta razón, los Santos a veces se les representa con una calavera. ¿Se han preguntado ustedes eso? ¿Por qué tantos Santos los representan con una calavera? Usualmente, San Francisco de Asís, Santa María Magdalena y muchos otros, los representan con una calavera.
"Mi vida es breve. ¿En qué la voy a gastar? El tiempo pasa pronto. El tiempo que se va, ya no vuelve. Cristo me espera, Cristo espera a la humanidad entera. ¿Qué estoy haciendo con mi vida?"
"Señor, conviérteme a ti. Haz que mi vida se gaste en lo que es esencial. No importan los millones sobre este planeta, si tendré que dejarlos aquí. Dame la recta perspectiva, dame la recta sabiduría para administrar lo que muere y poder ganar lo que nunca muere".
"La muerte no respeta", bien se dice. "La muerte nos iguala a todos". Entonces, que la vida de todos y cada uno de nosotros sea una ofrenda a Dios.
"Mi día es tuyo y mi noche igualmente, Señor. Lo que he hecho lo dejo en tu misericordia. Lo que soy lo encomiendo a tu Providencia. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!"
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