sábado, 3 de agosto de 2013

Lúcida




Salve, María, tú, de quien el Altísimo esperaba tu respuesta, mientras todos permanecíamos en la sombra. Tú viste lo que estaba en juego, y creíste que la plenitud de los tiempos había llegado, al enviar Dios a su Hijo. Te despojaste de ti misma, y te pusiste al servicio del Señor.  

Santa Madre de Dios, t
ú fuiste la única en llevar este secreto indecible, sólo después José tuvo acceso. ¿Quién mejor que tú podría entrar en el designio del Salvador? Límpida te avanzas en la vía que se te ofrece. Treinta años y más guardarás en el silencio de tu corazón todo lo que te había sido develado. Cuidarás al Hijo hasta llegar a ser un hombre, lo seguirás hasta Jerusalén, donde será exaltado en la cruz, estando siempre a su lado. Y todavía entonces serás la única en creer hasta después de que el Señor se mostrara a los demás, segura de su resurrección de entre los muertos, y entre los apóstoles esperarás la venida del Espíritu prometido.

Santa Madre de Dios, guarda entre nosotros el lugar que ten
ías en la Iglesia primitiva. Oh, Madre de Cristo resucitado, como los apóstoles, recordamos tu relación única con él, vemos en ti el primer eslabón de nuestro testimonio, el modelo de una fe firme. Oh, Madre del Salvador y de todos los redimidos, que tu presencia nos estimule y nos enseñe a dejarnos invadir y absorber por la gracia de nuestra vocación. Que tu oración aliente y envuelva la nuestra, nos torne atentos y flexibles

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