“La paz os dejo mi paz os doy” (véase San Juan 14,27).
Cristo viene a quitar una paz la que Él viene a traer, ¡la suya! es aquella que es capaz de lo que pide el evangelio, “el perdón a los enemigos, la fe inquebrantable, la esperanza indeficiente, la caridad para con todos, la negación de sí mismo, y todo lo demás que dice el evangelio.
Por eso la voz de la Iglesia resulta tan antipática muchas veces, porque nosotros, sacerdotes, tenemos encargos muy bonitos que le gustan mucho a la gente. Por ejemplo: los bautismos son tan bonitos, las Primeras Comuniones son tan bonitas, pero cuando el sacerdote tiene que hablar también de justicia social, cuando tiene que hablar de la santidad del matrimonio, cuando tiene que decir, “que no podemos aprobar, desde los principios de la Biblia, el homosexualismo, ni el aborto, ni la eutanasia, y que esas cosas, no porque sean moda, están bien".
Entonces la Iglesia se convierte en un elemento antipático. El Papa, que predica tan claramente de estas cosas, se convierte en un viejo antipático, amargado, retrogrado.
Esa no es la paz que Cristo quiere, una paz donde todos nos callamos para evitar problemas.
El evangelio tampoco puede ser un pretexto para nuestras ganas de pelear. Lo que nosotros debemos buscar es, como nos enseña la Primera Carta de Pedro, saber dar razón de nuestra esperanza, y dice Al apóstol Pedro en su Primera Carta: “Con mansedumbre, con paz, con humildad y también con firmeza” (véase 1 Pedro 3,15). De modo que tenemos que aprender el mensaje de la coherencia de vida, de la humildad; hay que orar primero.
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