La Iglesia que vemos, hecha de seres humanos, no debe quitarnos la mirada de la iglesia invisible, mística, plena del Espíritu Santo que la nutre y guía. Pero somos todos, laicos y consagrados, los que damos carne y huesos a la Iglesia, y también pecado porque somos pecadores, así como error porque somos falibles. Nunca, nunca, debemos permitir que la humanidad y debilidad de la Iglesia visible nos haga perder de vista a la Iglesia invisible, mística. De la Iglesia, visible e invisible, porque es indivisible, no debemos separarnos jamás aunque nos duelan los errores de los hombres. Al encuentro con el Milagro Eucarístico diario, que ocurre en los altares del mundo entero, nos debemos como bautizados hijos de Dios.
De este modo, no debiera sorprendernos que esta primavera se inicie a partir del surgimiento de un nuevo Pontífice, porque todo es parte de los impulsos de la Iglesia mística que subyace a lo visible. Es tan humanamente inexplicable y rápido el proceso que vivimos a partir de la elección del Papa Francisco, que no cabe ver a otro más que al Espíritu Santo detrás de la inspiración que mueve los hilos de la Barca de Pedro. Por supuesto que jamás Dios obra en vano, porque siempre lo hace por encima y mas allá de los hombres y sus intenciones. El Señor decide cuando intervenir y dar un golpe de timón a la Barca, de tal modo que el hombre no pueda alterar los planes que El mismo ha establecido en Su Divina Voluntad.
A nosotros corresponde, entonces, el discernir como actuar frente al viento primaveral que renueva y refresca a nuestra Iglesia. No podemos dejar pasar la oportunidad, por supuesto, de sumarnos al impulso y reforzar nuestra contribución como miembros del Cuerpo Místico, desde el lugar al que a cada uno de nosotros nos corresponda.
Sabemos que cuando Dios inspira algo, el mundo se mueve acompañando esa inspiración. Pero también sabemos que de inmediato se ponen a actuar las fuerzas del mundo (y sus inspiradores) para contrarrestar y bloquear el avance. Francamente, el actuar del oponente es sutil, pues las más de las veces se va a sumar al festejo primaveral, buscando no lucir descolocado para de ese modo detectar el punto débil donde golpear, si es posible desde dentro, y en cualquier caso desde fuera también.
Nosotros, con buenas intenciones en nuestros corazones, debemos redoblar nuestro esfuerzo y alzar nuestras velas para capturar al máximo el viento del Espíritu Santo. Dios, toda Gloria y todo Amor, nos regala Su Gracia para que seamos flores en esta primavera, para que inundemos el mundo con perfumes de sencillez y pureza. María, solícita como siempre, acompañará la Voluntad de su Hijo y hará de sus pequeños hijos un ramillete de trabajadores felices y llenos de entusiasmo.
Pero, también sabemos que después de la primavera viene el otoño, y luego el crudo invierno. Por eso no debemos ser holgazanes y derrochar el tiempo, pensando que esta primavera durará para siempre. No es así, porque no hay Luz sin Cruz, y al gozo siguen los dolores, así como a los consuelos siguen las penas. El ciclo de la vida sigue adelante, y la primavera es momento de trabajar y producir, no de tocar la guitarra como la cigarra. No hay tiempo para la holgazanería en el Plan de Dios, porque el trabajo nos mantiene vivos, nos alimenta y da sentido a nuestro existir.
¡El trabajo es puerta necesaria a la salvación!
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