Detrás de Él, con la gracia de Él y junto a Él, todos nosotros tenemos que hundir nuestra propia señal, tenemos que enarbolar nuestra propia cruz como señal de victoria, para que la historia humana pueda avanzar hacia esa plenitud cuando Cristo vuelva.
Porque eso no lo hemos vivido en plenitud, por eso nosotros, si somos lúcidos, si somos sensatos, sentimos dolor. Se extrañaba la gente de ver a Catalina de Siena gemir, llorar y clamar perdón, porque ella sentía que estaba deteniendo la Iglesia.
Ella, que iba adelante de todos nosotros, ella, que iba corriendo, que iba presurosa tras de Jesús, ella, que en cierto sentido obligó con sus lágrimas, oraciones, consejos, pero sobre todo con su amor, a la Iglesia a recuperar, podríamos decir, algo de su vocación original, ella sentía que estaba frenándola.
Estaba reconcentrada en la radicalidad fantástica del amor de Jesucristo, porque allí tenía enclavada y enarbolada su propia cruz, por eso se daba cuenta de su imperfección. Si algo le comunica Cristo a los Santos, es un sentido profundo de la verdad. Sí, ella es una gran pecadora redimida por Jesucristo.
Entonces, ¿yo qué soy? Pues no habrá un nombre para decir lo que yo soy; seguramente debo ser demasiado terrible. Pero lo que ella dijo, eso es así, y yo creo, que ahí había una luz del Espíritu Santo, que estaba obrando en ella.
De modo que el paso de los años nos invita, nos reclama, nos exige un corazón distinto, un corazón, que haga, que el calendario no avance solamente en las hojas que caen, en las estaciones que se repiten, en las noticias que vuelven uno y otro día. Debe ser un calendario, en el que se pueda proclamar que está cerca el Señor, que Jesús está cerca.
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