lunes, 26 de agosto de 2013

Fuente

Dice de la primera Carta a los Tesalonicenses "no cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre sino cual es en verdad como palabra de Dios que permanece operante en nosotros los creyentes" (1 Tesalonicenses 2, 13).
Nosotros por bondad del Señor asomemonos a la Sagrada Escritura con tanta frecuencia como podamos. Se cumpla en nosotros lo que hemos oído de la Carta a los Tesalonicenses, es necesario escuchar la palabra de Dios como lo que es, como palabra de Dios.
Este es el único comienzo para la paz, este es el único comienzo para la serenidad, para la alegría, para empezar a amar.
Todos me pueden traicionar, mi felicidad, la fuente de mi felicidad, la fuente de mi alegría la tengo puesta en ti Señor, así se escucha la palabra de Dios, así se  va a oír verdaderamente la palabra de Dios, porque reconocemos a Dios como su Señor.
Además nos ayuda a encontrar otro criterio que es importante, dice: "acogisteis nuestra palabra que predicamos no como palabra de hombre sino cual es en verdad como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes" ( 1 Tesalonisenses 2, 13).
Característica que tiene la palabra de Dios, "que permanece operante en los creyentes" esto hace recordar un mensaje que le daba el Señor Dios a Santa Catalina de Siena, refiriéndose a la eucaristía, le decía: "una vez que el sacramento es recibido, una vez que se consume la especie eucarística, no desaparece su eficacia" y decía: "es lo mismo que un sello que se pone sobre cera caliente, aunque se levante el sello, la imagen queda ahí impresa".
Cristo, después de que comulgamos, Cristo está vivo en nosotros y ejerce su acción en nosotros, algo parecido es la escucha de la palabra de Dios. Escuchar la palabra de Dios es como comulgar, así como dice San Pablo: "la Palabra permanece operante entre vosotros"(1Tesalonicenses 2,13).
Escuchar la Palabra es semejante a comulgar,  podemos educarnos en la escucha de la palabra de Dios tomando las actitudes propias del que comulga, esta es una idea muy hermosa que San Agustín desarrolló en su momento.
Nosotros cuando comulgamos, en general, en el pueblo católico, somos delicados, somos respetuosos con la eucaristía, ¿Como nos preparamos? Normalmente, si la persona tiene conciencia de pecado grave no comulga, esto sucede en nuestro pueblo, normalmente en nuestros pueblos no sucede así sino que más bien, si tenemos conciencia de pecado, procuramos confesarnos antes de comulgar.
Cuando vayas a escuchar la palabra de Dios es necesario que hagas arrepentimiento de tus pecados, ese acto de arrepentimiento del pecado, cuando leemos la Biblia o cuando escuchamos una predicación bíblica, ese acto de arrepentimiento y a veces incluso la misma confesión, hace que el corazón tenga la humildad y la receptividad.
Es necesario un corazón arrepentido, es necesario un corazón humilde, si quieres recibir la palabra de Dios como palabra de Dios necesitas un corazón humilde y arrepentido.
Recibimos la Eucaristía como un regalo, como algo que nosotros no podemos hacer, así también nosotros necesitamos acoger la Palabra divina, también así.
Esta es la palabra, hemos de pensar, esta es la Palabra que yo no me puedo dar, esta es la palabra que yo no puedo crear, esta es la palabra que el Señor me ha querido regalar.
Recibir la Eucaristía es recibir un regalo, recibir la palabra de Dios es recibir un regalo y los regalos se reciben con gratitud, se reciben con agradecimiento y por eso, siguiente actitud, siguiente característica para acoger la Palabra es, agradecer.
Cuántos de nosotros tenemos ese corazón para agradecer, se acaba de proclamar la Palabra, en cuántos de nosotros surge gratitud por ese regalo.
Jesús alguna vez corrigió a sus Apóstoles y les dijo: "dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen cuantos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y oír lo que vosotros oís y no lo vieron, no lo oyeron" ( San Mateo 13,16 ).
Si meditamos esas palabras de Jesucristo en el alma, uno recibe la predicación y recibe la Palabra con agradecimiento, es un regalo.
Cuantos profetas quisieron escuchar esta noticia del evangelio, cuantos reyes y profetas quisieron y nunca pudieron ver, tener tan cerca a nuestro Señor, como El se ofrece, particularmente en el sacrificio eucarístico.
Ellos lo anhelaron y no lo tuvieron, nosotros lo tuvimos sin anhelarlo y por eso no lo agradecemos y un corazón desagradecido es un corazón que no aprecia.
Agradecer es la manera de abrir los ojos del corazón para reconocer el precio de lo que se nos está dando.
Para acoger la palabra de Dios es necesario saber que todo puede fallarnos, todo, pero Dios es el dueño de nuestra vida, El es el Señor de nuestra existencia.
La palabra de Dios permanece viva y operante entre nosotros, como la eucaristía, así como nos arrepentimos de nuestros pecados para recibir la eucaristía, así también nos humillamos antes de escuchar la Palabra.
Así como agradecemos la eucaristía y entendemos que es un regalo que no merecemos, así también agradecemos la Palabra, precisamente para que nuestro corazón aprenda a apreciarla.
Cuando nosotros vamos a comulgar somos muy cuidadosos, cuando recibimos la eucaristía somos muy cuidadosos con las partículas.
Procuramos que ninguna partecita de la hostia consagrada vaya a caer por tierra. Decía san Agustín, así también debíamos obrar con la Palabra divina.
Vamos a pensar que la Palabra que se nos ofrece es como la hostia y vamos a pensar que aquella parte de la Palabra que nosotros realmente comulgamos, es la parte a la que le prestamos atención. La parte que meditamos, la parte que interiorizamos, la parte que queremos aplicar en nuestra vida esa es la parte con la que verdaderamente comulgamos.
Si se aplicara verdaderamente a la Palabra divina tal cuidado, recorrería con el pensamiento, cada una de las lecturas, que es lo que se me dice, por qué se me dice, que puedo aplicar en mi vida, de esta hostia inmensa que es la Palabra que se nos predica, que se nos ofrece.
 Las lecturas son extensas a veces, son lejanas a veces, son difíciles a veces, eso es verdad, aunque comulgue todos los días tiene siempre el llamado a comulgar cada vez mejor, así también, comulgando con la Palabra todos los días, ha de tener hambre, apetito, anhelo de comulgar cada vez mejor.
Obviamente si yo comulgo y después mi vida no corresponde a lo que he comulgado, en cierto modo desprecié el sacramento no lo dejé vivir en mi. Dice San Pablo "la palabra de Dios es operante" no la dejé operar, no la dejé vivir en mi.
 Desprecié a la eucaristía, aunque no haya dejado caer ni una partícula de la hostia, desprecié a la eucaristía si no la dejé vivir, si no la dejé reinar en mi vida. Pero ese desprecio, fruto de la fragilidad humana, es el camino en el que está el pueblo cristiano, precisamente que cae pero se levanta.
Lo mismo debemos pensar nosotros con respecto a la Palabra, el ideal es comerse toda la Palabra, el ideal es que no se pierda nada, ni el detalle de ninguna de las lecturas, ese es el ideal.
Ese ideal supera nuestras capacidades completamente, ser perfectos comulgantes de la hostia, porque el que fuera perfecto comulgante de la hostia, de ahí en adelante no debería de cometer el más mínimo pecado, imagínate, teniendo a Cristo reinando en su alma.
Pero así como no podemos ser perfectos comulgantes de la hostia y sin embargo procuramos cada vez comulgar mejor, aunque no podamos agotar el sentido de las lecturas, tenemos que movernos a nosotros mismos y tenemos que animarnos a nosotros mismos a escuchar cada vez con más atención, a recibir cada vez con mejor entendimiento a aplicar cada vez con mayor voluntad todo lo que el Señor nos regala, todo lo que El nos ofrece con su Palabra, de esta manera, verdaderamente estaremos acogiendo la palabra de Dios como lo que es, como palabra de Dios.
Su eficacia, la eficacia de esta Palabra es máxima cuando nosotros realizamos, cuando nosotros celebramos los sacramentos. Nunca es tan eficaz la palabra de Dios como cuando celebramos la Eucaristía.
Notemos que las palabras que dice el sacerdote cuando se consagra el pan y el vino son palabras tomadas precisamente de la Escritura, tomamos una palabra de la Escritura que dice, "tomad y comed que este es mi cuerpo" (San Mateo 26, 26-29) y lo decimos y se realiza, se hace, sucede.
Esto nos está indicando que en la Iglesia, la máxima eficacia de la Palabra está en la celebración del sacramento, es en el sacramento y sobre todo en el sacramento de la Eucaristía donde la Palabra alcanza su plenitud, sobre todo ahí en la Eucaristía, lo mismo debemos pensar entonces de nosotros que escuchamos la Palabra.
Así como esta Palabra transforma el pan en el cuerpo de Cristo por virtud del Espíritu y de la unción sacerdotal en la Iglesia, así también hemos de pensar que nuestra escucha de la Palabra nos haga cada vez semejantes a aquello que celebramos en la Eucaristía, escuchamos la Palabra para ser cada vez mas hostias que son consagradas por esa Palabra y que se transforman también en ellas en Cuerpo y en Sangre de nuestro Señor.

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