Qué hermoso pensamiento, y por eso qué afortunada propuesta la de nuestro Papa Juan Pablo II, cuando quiere, cuando pide que como una señal concreta de reconciliación entre los pueblos, la deuda externa, una cifra descomunal e impagable que perpetúa la justicia de algún modo y la desigualdad entre los pueblos, esa deuda externa sea suprimida.
Desafortunadamente, tenemos que decir que por lo menos en lo que alcanzan a ver nuestros ojos, es difícil que esta petición sea acogida, pero lo que sí podemos afirmar es que sí tiene profundas raíces bíblicas.
Si esta legislación que pronto olvidaron los israelitas mismos, hay que decirlo, esa legislación sobre una venta bajo el precio del número de cosechas que falten hasta el año jubilar, en realidad lo que está diciendo es que en la mentalidad israelita no debería haber habido ventas, esa no es una venta, es un arriendo.
Lo que se está indicando ahí es que la tierra tiene como último posesor, poseedor al mismo Dios y que cada uno de nosotros es una administrador durante el tiempo de su vida.
La tierra era el bien máximo para estos tiempos y para esta cultura y se les está diciendo: la tierra, que es tu bien máximo, la recibes durante unos años, la recibes en préstamo para el resto de tu vida.
Es un pensamiento que también es muy provechoso para nosotros. Recibir todas las cosas como prestadas, recibirlas como en arriendo.
La casa que habitamos, la habitación que tenemos, la tenemos durante un tiempo, no se va a destruir cuando nosotros nos vayamos, la tenemos prestada, la estamos usando porque nuestra indigencia necesita de esa acogida, pero lo nuestro, lo propiamente nuestro no está en aquello que Dios nos das, lo nuestro es el mismo Dios que nos da todas las cosas.
Por eso el año jubilar no sólo es año de descanso para la tierra, sino es año de alegría y de descanso para el corazón humano que encuentra su verdadera raíz y su verdadero lugar de vivienda en la amistad con Dios, una amistad que es sin arriendo, una amistad, una gracia, decimos nosotros los cristianos, que trasciende cualquier etapa de cincuenta años, que traspasa los límites de esta vida.
"Nadie perjudicará a uno de su pueblo, teme a tu Dios" Levítico 25,17. El año jubilar es un año para reconciliar el amor con Dios y el amor con el prójimo, año para volver a la justicia y a la paz, año para recordar los límites de nuestra vida presente y para gozarnos en la amistad de una vida que trasciende a la misma muerte.
Pidamos a Dios después de esta reflexión, pidamos a Dios que muchos, muchos cristianos encuentren el verdadero sentido del jubileo y puedan experimentar el amor de Dios y la alegría de ser su pueblo
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