Dios resulta inexpresable, literalmente inefable para quien se encuentra, por así decirlo, tan densamente con Él.
Se necesita un primer milagro que levante nuestro corazón a su amor, un segundo milagro que haga expresivo y expresable ese amor; se necesita un primer milagro para llegar a la Fuente de la gracia, a este Cristo que acabamos de encontrar en el pesebre, y se necesita un segundo milagro para descubrir qué es lo que está sucediendo ahí.
¿Quién se está revelando? Se necesita un primer milagro para llegar hasta Jesús, pero un segundo milagro para que nuestros ojos puedan verlo.
Y por eso cuando afirmamos que, “la Palabra en el principio estaba junto a Dios, y que la palabra era Dios” San Juan 1,1, no estamos en contradicción con el Antiguo Testamento, porque esa es una pregunta que uno puede hacerse.
Si Dios no se podía mostrar, si le tiene que decir a Moisés: “Escóndete en la hendidura de la peña, porque mi rostro no lo puedes ver” Exodo 33,21-23, entonces, ¿cómo es esto de que Dios se ha hecho visible en Jesucristo?
Esa expresión de que Cristo es la imagen de Dios invisible, como dice San Pablo, hay que saberla entender. Lo que ven nuestros ojos queda como en el poder de nuestra mente; ver a Dios en Jesucristo no es adueñarse de lo que vemos.
Ver a Dios en Jesucristo es el doble milagro de La Palabra hecha carne y de la obra del Paráclito que nos permite reconocer a esa Palabra, no es el sólo rostro de Cristo, no es el sólo cuerpo de Cristo; no es solamente el Bebé, y la gruta, y el asno, María y José, no es solamente eso lo que nos permite reconocer a Dios. Viendo eso, el milagro no está sólo en lo que vemos, sino en poder verlo.
Se necesita no sólo el envío del Verbo, sino el envío del Espíritu. Si Dios se hace visible en Jesucristo no es porque Dios pueda aparecer como aparecía en los ídolos, los baales, o como aparece un Tótem.
Si Dios aparece en Jesucristo no es porque pueda ser reducido a una imagen, sino porque enviándonos a Cristo envía también al Espíritu, y Cristo aparece ante nuestros ojos, y el Espíritu transforma nuestros ojos.
Como quien dice, logramos ver a Dios en Jesucristo si aparece Cristo, por una parte, y este es el primer milagro, pero también si nuestros ojos son transfigurados para poder verlo. Se necesita que Dios obre afuera de nosotros, ofreciéndonos al Salvador, y adentro de nosotros, permitiéndonos reconocer la salvación.
Adentro de nosotros, obra con la gracia del Espíritu Santo, y afuera de nosotros, obra con la gracia del Verbo hecho carne.
Cuando esta doble obra sucede, entonces, se da la revelación de Dios mismo y de su misterio en nuestras vidas. La persona que tal cosa recibe, se siente habitada por Dios, siente que no es externo, ni ajeno al misterio de Dios.
La expresión que utilizamos como alabanza a La Trinidad: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”, es perfecta, porque cuando decimos: “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”, nos situamos por fuera del misterio de la Trinidad, desde ahí le damos alabanza a tres personas divinas, distintas.
Reconozcamos que la alabanza que nosotros damos al Padre, la damos precisamente desde el corazón de Cristo y en el Espíritu de Dios. Por eso dice el texto de hoy: “La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros” San Juan 1,14.
Esto indica como la definitiva entrada de Dios en nuestra historia. Bien se podría hacer esa lectura: “Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”
Esto indica que nosotros hemos entrado al mundo de Dios. Lo del misterio de la encarnación es también el misterio de nuestra divinización, no son dos misterios distintos, sino que sólo existe el misterio de la encarnación en el corazón que se está deificando, que se está divinizando.
“Al mundo vino, y en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció, vino a su casa, y los suyos no la recibieron” San Juan, 1,9-11.
Cristo es rechazado por su pueblo precisamente por ser, por presentarse como Hijo de Dios. Alrededor de este núcleo hay otra serie de problemas, la revuelta política, el descontento social, la descalificación del santuario, y del culto, etc.
Pero el mismo Evangelista Juan es claro cuando dice, en medio de las acusaciones que hacen aquellos judíos a Jesús, dicen ellos: “Nosotros no te atacamos por ninguna obra buena, sino porque siendo hombre te haces Dios” San Juan 10,33.
Cuando juntamos las dos partes del versículo catorce del capítulo 1 de San Juan; es decir: “La Palabra acampó entre nosotros” San Juan 1,14, bien.
"Dios irrumpe como Señor, y Salvador en nuestra historia, y nosotros hemos visto la gloria del Porque la historia ha quedado marcada por Jesucristo, el Santo de Dios. Desde ese acontecimiento, sabemos que el ritmo de la historia no lo marcan las vueltas que la tierra dé sobre sí misma o en torno al sol. La tierra marcha a ritmo de santidad. La historia camina a ritmo de santidad. Las personas que realmente cambian el rumbo de la historia, y Cristo lo muestra con el número de los años, son las personas santas.
Porque la santidad es ese beso y ese abrazo entre el Cielo y la tierra. Y cada vez que el Cielo besa la tierra, la cambia y la hace florecer. La justicia y la paz se besan. El día del nacimiento de Jesucristo, los Ángeles cantaban: "Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra" San Lucas 2,14. En ese momento estaban tan cerca; los Ángeles podían hablarle a los pastores.
Esto es lo que hace cada santo. Cada santo une en una misma danza, el Cielo y la tierra. Cada santo pone a conversar a los bienaventurados del Cielo con los desdichados de la tierra. Y entonces los desdichados, ¿qué hacen? Como los pastores, se ponen en movimiento. Los Santos son los que marcan el ritmo de la historia.
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