Empezamos nuestro Año Litúrgico con San Marcos, cierto número de semanas. Luego de que hemos recorrido a San Marcos empezamos con San Mateo: se empieza con el capítulo quinto, que es donde empieza el Sermón de la Montaña, y vamos recorriendo el evangelio según San Mateo hasta llegar casi hasta la Pasión..
Entonces esos textos, son los más propios de San Mateo, textos en los que hay una novedad o algo distinto que no trae San Marcos, los hemos venido escuchando durante semanas, ya casi estamos por terminar esos textos de San Mateo, nos encontramos en el capítulo veinticinco ya de San Mateo.
Luego de que terminemos la parte de San Mateo, que no coincide con San Marcos y que es anterior a la Pasión, entonces vamos a hacer la misma operación con San Lucas, es decir, vamos a ir leyendo ordenadamente el evangelio según San Lucas, en las partes que son propias de San Lucas y que no aparecen en San Marcos o en San Mateo.
Un cristiano es diligente, en asistir a la Santa Misa, entonces puede seguir esos tres evangelios y puede recorrer el ministerio de Jesucristo, su predicación, sus milagros, su poder; puede encontrarnos como acompañante de Jesús en su peregrinación desde Galilea hasta Judea.
Es una gran bendición, realmente le doy gracias al Señor por tantas personas que asisten a la Misa diariamente que hacen ese ejercicio, que es un ejercicio educativo, pedagógico, en cierto sentido intelectual, pero sobre todo, un ejercicio del espíritu. Es nuestro corazón aprendiendo a contemplar a Jesucristo; es nuestro corazón enamorándose del Señor; es nuestro corazón aprendiendo también a desear ese Pan Vivo que luego, en cada Eucaristía, se nos da como alimento.
San Marcos, San Mateo, San Lucas. Cuando vamos llegando al final de cada uno de ellos descubrimos que los tres tienen un mismo tono, la insistencia de Cristo es sobre todo a no dejarnos distraer, no dejarnos engullir por el mundo, no dejarnos engañar por los valores o las ficciones de la hora presente; estar atentos, estar despiertos a la Palabra de Dios, estar despiertos al paso del Espíritu, estar despiertos a la realidad del Reino.
Cristo quiere que nosotros seamos como esas vírgenes prudentes que tienen siempre aceite en la lámpara, que están siempre dispuestas a salir a recibir a Cristo, que tiene siempre el alma en vela porque no se han dejado satisfacer con nada de esta tierra; su deseo más profundo, su amor más íntimo no ha cambiado, se llama Jesús.
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