jueves, 15 de agosto de 2013

Adviento

"Es el momento final" 1 Juan 2,18. Pero de inmediato vienen a nuestra mente el recuerdo de otros textos de la Escritura, que también hablan del momento final. Dice por ejemplo la Carta a los Hebreos: "En estos tiempos, que son los últimos, Dios nos ha hablado por su Hijo" Carta a los Hebreos 1,2.
Estos dos escritos pertenecen al siglo primero. Nos separan de estos escritos muchos años, 1800 años, o algo así. Llevamos 1800 años del momento final; llevamos 1800 años de los últimos tiempos.
Algo dentro de la mente se rebela, y algo dentro del corazón sufre, de saber esa terrible expectativa, ese Adviento que no cesa. Como la Palabra de Dios no es vÔlida por los tiempos litúrgicos, sino vÔlida en todo tiempo, estos tiempos finales, estas lecturas sobre los tiempos finales, nos estÔn diciendo, que no importa qué tiempo celebremos, en la Iglesia siempre es Adviento. No importa qué diga el Ordo, no importa qué digan los libros de la Liturgia de las Horas, en la Iglesia siempre es Adviento.
 Por eso en la Santa Misa, una de las respuestas despuĆ©s de la Consagración, la mĆ”s comĆŗn dice: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ven, SeƱor JesĆŗs". En todo tiempo: "¡Ven! ¡Ven!"; esa sĆŗplica, que viene del EspĆ­ritu, esa sĆŗplica, que congrega el corazón de todos los cristianos, de todos los creyentes de todos los tiempos: "¡Ven!"
¿Cómo es posible que Jesucristo se resista a esa sĆŗplica? ¿Por quĆ© una oración que hace el EspĆ­ritu Santo, una oración que hace la Iglesia, una oración que repetimos cada dĆ­a en la Santa Misa, una oración que tiene en ascuas nuestros corazones, quĆ© pasa, quĆ© pasa que no se cumple? "¡Ven!", le decimos. "¡Ven, SeƱor JesĆŗs!"
La Ćŗnica fuerza que tiene poder sobre Dios, que es todopoderoso, es el mismo amor de Dios. Aunque Dios es simple, enseƱa la TeologĆ­a, no hay en Ɖl pliegues. Aunque Dios es Ćŗnico y es simple, casi parece que hubiera como una tensión interna en el amor de Dios.
Porque por una parte, sin duda Ɖl quiere volver, por eso nos envƭa el Espƭritu, ese Espƭritu del que habla el Apocalipsis, que reclama el retorno de Cristo. Ɖl quiere volver.
La Segunda Carta de Pedro: "Para el SeƱor, mil aƱos son como un dƭa. No es tardo en cumplir sus promesas, sino que quiere que todos lleguemos a arrepentirnos, y que nadie se vaya a perder" 2 Pedro 3,8-9.
Ɖl quiere manifestar la gloria de su Hijo, de su Ćŗnico Hijo. Quiere que todos se salven, lleguen al conocimiento de la verdad y tods/as sean salvos, es esa gloria, la gloria de Jesucristo. Por eso Dios apresura, y Dios mismo retarda.
Los Santos le reclaman en el Apocalipsis a Dios: "¿Hasta cuĆ”ndo? ¿Hasta cuĆ”ndo nos vas a tener asĆ­? ¿Hasta cuĆ”ndo va a seguir el mal haciendo de las suyas?" Apocalipsis 6,10.
La compasión de Dios, la misericordia de Dios, quiere que todos se salven, que todos lleguen a arrepentirse, y entonces se prolongan los últimos tiempos. Estamos en la prolongación de los últimos tiempos.
Esta tensión interna del amor de Dios la experimentan tambiĆ©n los Santos. Es el anhelo de Santa Teresa de JesĆŗs, anhelo de morir: "Muero porque no muero". Pero que Dios haga su voluntad: "¿QuĆ© mandĆ”is hacer de mĆ­?", dice tambiĆ©n Teresa. "¿QuĆ© mandĆ”is hacer de mĆ­?"
San Pablo dice: "Para mĆ­ lo mejor es partir para estar con Cristo, pero si puedo ser Ćŗtil, entonces me quedo" Carta a los Filipenses 1,23-24. San MartĆ­n de Tours dice: "Pues yo quiero irme, pero si es mejor que me quede aquĆ­, pues yo no huyo al trabajo; entonces me quedo".
Tan misteriosos como el amor de Dios, se vuelven misteriosos los santos: que quieren irse, que quieren quedarse. Quieren irse, que es como anhelar el retorno de Cristo, quieren quedarse, que es como prolongar la misericordia de Dios.
De esta meditación, podemos comprender ante todo una cosa: El tiempo que Dios nos da, nos lo da por su misericordia, para que nos convirtamos, nos lo da, para que nosotros prolonguemos esa misericordia, ayudando a la conversión de otros.
Si Dios soporta que las hojas del calendario caigan una tras otra sin que llegue la plenitud de la obra de su Hijo, si Dios lo soporta, es solamente por compasión, por misericordia, porque se le mueven las entrañas por su creatura, por el ser humano.
Esto quiere decir, que cada dĆ­a de nuestra vida, por lo menos cada dĆ­a de aquĆ­ en adelante, yo no puedo decir eso de mi pasado, tendrĆ” que ser un dĆ­a en la misericordia.
Cada dĆ­a, cada hora, cada instante, tendrĆ” que ser para decirle: "¡Gracias! Gracias, porque me das tiempo de volverme mĆ”s hacia ti, gracias, porque me das tiempo de que otros se vuelvan hacia ti".
El Ćŗnico sentido que puede tener nuestra vida es gastarnos, es consumirnos, es deshacernos como esclavos, como siervos, como hijos, como amigos, como prolongaciones, ser las manos de la misericordia de Dios, ser las manos orantes de la piedad de Dios, ser la boca suplicante del amor de Dios.

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