Es
necesario que sea el mismo Resucitado el que abra el entendimiento y el que
abra las Escrituras; es necesario que sea Él mismo el que se presente, porque
de otra manera, como ya les había sucedido a los discípulos de Emaús.
Que
sea el mismo Cristo el que nos abra el entendimiento y el que abra las
Escrituras y el que deje pasar, con fuerza, la luz de su Resurrección en
nuestra propia vida. Así comprenderemos que precisamente eso que le sucedió a
Él, es primicia, es anuncio, es comienzo de lo que después sucederá a todos
nosotros los que creemos en Él.
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