miércoles, 5 de abril de 2017

Carta alos Hebreos 10

-Sólo la luz profunda, la luz celeste de Dios le devuelve la verdad a las realidades terrestres; sólo una luz tan grande, sólo un amor tan inmenso puede permitirnos descubrir que aquello que tenemos a nuestro lado, nuestro prójimo, nuestro hermano, es inagotable, en cierto modo, impredecible.
Conserva en el fondo de su alma un misterio que sólo la conciencia del propio hombre, y desde luego, el Espíritu de Dios, alcanzan a sondear.
Las lecturas de los viernes de Cuaresma nos han ido conduciendo y falta que nos terminen de conducir hacia ese viernes definitivo, el viernes de la Cruz, la hora de la ignominia y de la gracia, la hora del fracaso y de la gloria.
Porque también uno puede descalificarse a sí mismo, la conversión también es saber que uno no sabe lo suficiente de sí y que se necesita una luz superior, una verdad mayor para también darse la oportunidad de cambiar.
Dentro de cada uno de nosotros, en medio de sus propias dificultades, está a veces dormido un santo; dentro de cada uno de nosotros hay posibilidades, hay gracias, hay una historia de amor que Dios ha querido escribir, que Dios ha empezado a escribir.
La enseñanza del desenlace de la vida de Cristo parece ser: no adelantes el final de esa historia.
Quizá es más hermoso, quizá es más grande para ti y para tus hermanos, es más grande y más bello de lo que nosotros alcanzaríamos a suponer sobre todo si creemos que nos conocemos.
En la Eucaristía nos sumergimos en el misterio de un Pan partido y repartido en el que brota la vida.
Hacer de la vida pan que se parte. Quizá cuando el corazón nuestro se parte, como la Eucaristía, brotan ríos de agua, quizá en esos momentos brotan torrentes de misericordia capaces de convertir, de iluminar, de salvar muchas vidas.
2Jesús en el Evangelio se presenta como el testigo de una gloria intransferible, de una gloria inconmutable. La gloria de Dios no se cambia por nada, la gloria de Dios no se negocia, la gloria de Dios es en el Corazón de Cristo como una pasión que le lleva a hablar con esa fuerza con que le  hemos escuchado en el evangelio.
Es la pasión por algo invisible. Jesús queda así inscrito y a la cabeza de la fila de todos los peregrinos en la fe, así no la presenta la Carta a los Hebreos . Jesús aparece como uno más dentro de los peregrinos, dentro de los caminantes, en la búsqueda de la gloria de Dios.












Carta a los Hebreos dice, en los capítulos diez y once, que iban detrás de una ciudad de sólidos cimientos, que iban a la búsqueda del verdadero descanso.
Es lo que la vida cristiana, y especialmente la vida religiosa, es como un camino en el que siempre hay que tener la certeza de nunca haber llegado hasta el final.
Sentir que uno ha llegado, hacer visible a Dios, pretender que ya llegó ese descanso, eso precisamente es lo que frena el impulso, eso precisamente es lo que apaga la llama ardorosa de la vocación.
Pidámosle a Dios, que nos haga apasionados por el absoluto, pidámosle que nos dé ardor por la gloria del invisible; roguemos de Dios que nos dé pasión por aquello que no esté al alcance ni de nuestros ojos ni de nuestras manos, precisamente para estar siempre ante la mirada y entre las manos de nuestro Creador, de nuestro Salvador, de nuestro Líder
333La gloria de Dios que se manifiesta especialmente en la salvación, en la conversión del pecador; pero gloria también que nos indica cuál es el gran obstáculo para experimentar la salvación de Dios. No nos perdamos del centro de nuestra vida, que es la búsqueda de la gloria de Dios.
La severa advertencia de Jesucristo es al mismo tiempo una inmensa exhortación a que centremos todo lo que somos, todo lo que decimos y todo lo que hacemos en la búsqueda de esta gloria de Dios.
Descubrir que Dios es, descubrirlo de modo superlativo, descubrirlo como apoyo y sustento de la vida y descubrir que todo lo que es subsiste sólo por esa Palabra poderosa que es con Él, que es Él.
Descubrirnos entonces subsistiendo en Él por su continuo querer y por su continuo poder. En esto está toda nuestra salvación.
Esto nos hace al mismo tiempo, humildes y vencedores, nos hace modestos y victoriosos, nos hace santos y nos hace perseverantes. Descubrirnos perpetuamente subsistiendo sólo por Él, sólo desde Él, sólo en su voluntad, en su sabiduría y en su poder.Todos los engaños de las criaturas, es decir, del mundo, de la carne, desfallecen frente a la certeza de que Dios es mi fuente, es mi soporte, es mi origen.
De acuerdo con Catalina de Siena, este descubrimiento espiritual existencial y místico se vive en el conocimiento de sí mismo, el conocimiento de sí mismo en Dios y el conocimiento de Dios en nosotros. Y por eso quería Catalina que nosotros permaneciéramos en el dulce conocimiento de nosotros mismos y de Dios.

Permanecer en el conocimiento de nosotros mismos es permanecer en la verdad de que sólo Dios es y de que su Palabra poderosa nos da el ser, nos conserva en el ser y nos lleva a la plenitud de ser junto a Él.

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