El Padre salvó a Cristo
de la cruz. La gente decía: "Sálvate" San Mateo 23,37, y no sabía la gente que
cuando le decía a Cristo: "Sálvate" San Mateo 23,37, estaban diciendo:
"Que no te salve el Padre, sálvate tú"; y Cristo estaba diciendo:
"No me salvo yo, porque a mí me salva el Padre". Y el Padre fue el
que lo salvó.
Esa
es la misma actitud que nosotros hemos de tener cuando nos unimos a Cristo. Ser
cristiano es vivir en la actitud de que a mí me va a salvar esto; es vivir como
Jesucristo, es vivir como el Crucificado; es apartarse de los intereses de Dios
y que Dios se ocupe de mis intereses.
"A
mí me salvará el Padre; yo no me voy a preocupar de alimentarme". Lo que
les está diciendo Cristo a los Apóstoles es eso: "Yo no me ocupo de mi
alimentación; el Padre resuelve lo mío". ¿Y en la cruz qué dice Cristo?
"Yo no me preocupo de salvarme; el Padre me salvará".
Esta
unión íntima, intimísima entre Cristo y el Padre hace que todos los bienes del
Padre sean de Cristo, como dice el mismo Cristo en otro pasaje de San Juan:
"Todo lo que tiene el Padre es mío" San Juan 16,15. Entonces así Jesucristo es
un ser paradójico que no tiene nada, pero que lo tiene todo.
Donde
más se ve esta paradoja es en la cruz. No tiene nada, está desposeído de todo,
ahí es donde lo puede dar todo. Ese en nuestro amado Señor Jesucristo, y ese es
el misterio de esta Cuaresma.
La
Cuaresma es larga, es desértica, es árida, es dura como esa roca, pero de esa roca
sale agua; es ardua como esa sed, pero de esa sed sale para beber.
De esta Cuaresma
nosotros podemos sacar, con la bondad de Dios, agua viva, y entonces ya no
andaremos mendigando en uno o en otro lugar que nos den pedacitos de alegría,
poquiticos de amor, sino que tendremos adentro un surtidor, ni siquiera un
pozo, tendremos un surtidor. ¿Y hasta dónde salta esa agua? Hasta la vida eterna.
Esa es el agua que más alta; es el agua
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