El testimonio de la sangre es el más alto
testimonio de la fe, porque “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por
sus amigos” (Jn. 15,13). El Señor Jesús pregunta una y otra vez a sus
discípulos si están dispuestos a “beber el cáliz que yo he de beber” (Mc.
10,33-40); establece como condición de seguimiento y salvación, la
disponibilidad a dar la vida por el Evangelio (Mc. 8, 34-35).
Nada tiene de extraño que desde los orígenes de
la Iglesia, el testimonio del martirio fuese tan altamente valorado, tanto por
los cristianos como por aquellos que, sin serlo, se cuestionaban respecto a una
fe que llevaba a tanto heroísmo. San Ignacio de Antioquía es uno de los
primeros mártires cristianos que asocian específicamente el martirio a la
Eucaristía, pues ven en el trigo que se muele, un símil de la vida que se
inmola; bajo esta comprensión, el trigo anhela ser el pan eucarístico, y así
mismo el cristiano anhela ser inmolado, para estar con Cristo, sabiendo desde
siempre que esto es, sin embargo, una gracia. La sangre de los cristianos surge
entonces como la semilla fértil de nuevos cristianos; los mártires de los
primeros tiempos comienzan a iluminar, con su vida y con su muerte, el
extraordinario don del Evangelio, siendo de inmediato sujetos de la admiración
y devoción de los creyentes.
Así nació el culto a los santos, a
partir del culto a los mártires, y fue así que la teología de los santos padres
asoció de inmediato el martirio de los cristianos al sufrimiento redentor del
Mesías. Y puesto que el sacrificio del Calvario se actualiza en la celebración
de la Eucaristía, pronto se introdujo la costumbre de colocar sobre la mesa del
altar, las reliquias de los mártires, hasta convertirse en una norma para el
acto de la consagración de los altares, que decía mucho a la comunidad católica
acerca del sentido profundo de su fe y de las exigencias que profesarla tenían.
Celebrar a los mártires en el día de su
aniversario, celebrando la Eucaristía, se convierte en un acto de catequesis
continuo al que serán muy asiduos todos los cristianos; fiesta en que la fuerza
ejemplar de los mártires se destaca, y fortalece a la comunidad en el empeño
diario por ser fieles al Señor, aún en la persecución, como lo han sido estos
campeones de la fe.
Los Santos Mártires Mexicanos eran conscientes
de esta sabiduría martirial cristiana; lo eran quienes, además, ejercían el
sacerdocio, como se ve en el afán de celebrar este divino misterio incluso en
las situaciones de peligro para su vida temporal; en la profunda devoción con
que lo celebraban, y en tantas de las meditaciones que hicieron y escribieron
en torno a la Eucaristía y al martirio.
Esta misma fe y profunda devoción, la profesan y
testifican los mártires laicos de nuestra tierra, quienes viven realmente de la
celebración eucarística y alimentan en ella su compromiso de dar la vida en
servicio del Evangelio.
En nuestro tiempo experimentamos el efecto que
produce en nosotros el extraordinario ejemplo de amor a la Eucaristía y el
empeño en el esfuerzo cotidiano por construir la sociedad y el Reino de Dios en
muchos miembros de la Iglesia, tanto laicos como consagrados; lo vemos en la
adoración del Santísimo en tantas parroquias, en los grupos de la Adoración
Nocturna, en la atracción que ejercen los sacerdotes al celebrar la Misa como
un verdadero “misterio” que hace a los participantes sentir y vivir el paso del
Señor por sus vidas; como en el relato de Emaús, los cristianos sienten que su
corazón arde en esas celebraciones.
Pero también observamos como para muchos de
nuestros hermanos, tanto la Eucaristía, fuente de vida, como la Presencia Real
del Señor, en los sagrarios, pasa desapercibida. Tienen “ojos y no ven, oídos y
no oyen”, o bien celebran, viven o reciben este sacramento, “de manera
indigna”.
Ambas realidades piden de nosotros compromisos
concretos ¿Qué actitudes debemos asumir para aprovechar lo bueno que tenemos y
cuáles para superar nuestras deficiencias? Música del compositor
Quetzalteco Benedicto Ovalle Bethancourt (1894-1995); Junto a hermanos sus: José Eustorgio
(Centro) e Higinio (Primer Tiple, solista), formaba parte de la marimba. Also, el compositor Everardo de León
(Segundo Tiple). Ellos were
Grandes ixtíos quetzaltecos. Dedicada
a TODAS LAS ixtías quetzaltecas (Incluida mi Mami, la mas linda de Todas),
Representadas bellamente Por Estas tres lindas ixtías. Eres bella y Eterna Xelajú! Interpreta: Marimba Maderas de mi
Tierra
ResponderEliminarRiCoRisuoni in ognuno di noi l’annuncio dell’Angelo alle donne:
“So che cercate Gesù il Crocifisso, non è qui.
E’ Risorto ….
Venite, guardate il luogo dove era deposto”.
L’Amore è più forte, l’Amore dona vita, l’Amore fa fiorire la speranza nel deserto!
Questa certezza sostenga il nostro quotidiano e orienti la nostra missione!
Buona Pasqua!
Con affetto