Cristo
ha resucitado, y el verdadero Templo del que está brotando el agua que sí cura
a la gente, es Cristo Resucitado; de manera que se ve que hay una relación con
el judaísmo pero se ve también cómo es Cristo, el judío, el que alcanza su
plenitud, la alianza; es Cristo el verdadero Templo del que brota ese manantial
que sana a este paralítico, como una demostración de lo que después hará con
muchos paralíticos, con muchas personas en todas las culturas.
De
este modo descubrimos a Cristo como lugar de oración, como lugar de vida, como
fuente que sana a quienes nos acercamos a Él.
La
gente lo vio andar alabando a Dios. Al caer en la cuenta de que era el mismo
que pedía limosna, quedaron estupefactos ante lo sucedido. Es la sorpresa que
acompaña el acontecimiento de Jesucristo, aunque está en continuidad con la
historia de su pueblo, le hace dar como un salto, un salto inconmensurable que
causa profunda admiración.
El
desarrollo de las lecturas del Evangelio nos mostrará cómo este salto sólo puede
ser dado por la gracia de Dios en nosotros .
Nosotros,
por nuestra parte, encontramos en la Eucaristía ese Templo, ese Cristo
Resucitado, y en Él la fuente misma de la vida.
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