Pentecostés es un fruto
de vida, Pentecostés no es simplemente una teoría; el Espíritu Santo no es
únicamente una facilidad para llegar a aprender cosas. Por supuesto que el
Espíritu ilumina nuestra inteligencia, pero es ante todo una corriente vital,
es la energía de Dios actuando en nosotros, pero no es una parte de Dios ni es
un atributo de Dios, es Dios mismo, es la tercera Persona de la Trinidad.
Misterio
muy grande del cual tendremos que hablar varias veces durante el tiempo
pascual. Por ahora es importante que tengamos en cuenta que el Espíritu Santo
no es una idea que nosotros tenemos, sino una fuerza de vida, llega a todo lo
que nosotros somos, y que por consiguiente transforma también lo que hacemos.
Es hermoso ver, que después de que Pedro
habla, entonces la Biblia nos lo presenta actuando: en el capítulo dos está
Pedro predicando, y en el capítulo tres, que es propio de la
Octava de Pascua, nos encontramos a Pedro actuando. El poder del Espíritu le
lleva a hacer una obra maravillosa: a curar a un hombre que estaba paralítico
desde hacía muchísimos años, un hombre paralítico de nacimiento, uno que no
podía andar.
Este
que estaba condenado a vivir en la esclavitud y como un prisionero de su propia
limitación, pues puede regocijarse, puede cantar, puede saltar, puede danzar
con el nuevo poder, con la nueva fuerza que recibe de Dios.
Esta
imagen, la imagen del paralítico que entra cantando y saltando y danzando, esta
imagen tiene que quedar impresa en nosotros para que sepamos lo que es Pascua.
Pascua es eso: Pascua es llenarse de esa vida, Pascua es recibir esa fuerza,
Pascua es sintonizar con Dios y es percibir la melodía, la alegría misma de
Dios.
Dios
es alegre, Dios es santo, Dios es bueno, Dios transforma todo lo que somos y
tenemos.
A
Él la gloria por los siglos.
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