Reciban el Espíritu Santo
Al atardecer de aquel día, el
primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por
miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice:
-La paz esté con ustedes.
Después de decir esto, les mostró
las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor.
Jesús repitió:
-La paz esté con ustedes. Como
el Padre me envió, así los envío a ustedes.
Al decirles esto, sopló sobre
ellos y añadió:
-Reciban el Espíritu Santo. A
quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los
retengan les quedarán retenidos.
(Juan 20, 19-23)
El
atardecer de aquel día, nadie lo pudo olvidar y seguramente no fue por el
espectáculo del sol que coloreaba el horizonte y el paisaje de los alrededores
de Jerusalén. No lo era por la vida que reprendía su ritmo después de los
trágicos acontecimientos que habían sucedido y que habían dejado consternados a
muchos de los que habían andado acompañando a Jesús durante los últimos tres
años.
Muchos
se preguntaban todavía cómo había podido suceder y cómo la ceguera y la
exaltación absurda de una multitud fuera de control había podido dar muerte a
alguien que había transcurrido su vida pasando por todas partes haciendo el
bien.
El
miedo y la amenaza se respiraba aún en el ambiente y la prudencia o el temor
había hecho que los discípulos más cercanos de Jesús se encerraran bajo llave,
esperando tiempos mejores o simplemente tratando de entender lo que la razón no
se explicaba.
Todo
parecía haberse derrumbado de un golpe, habían bastado pocas horas, unos
juicios sumarios, unas acusaciones sin fundamento, una falta de voluntad para
reconocer la verdad y la manipulación de una turba incontrolada para llevar a
la cruz a quien no había buscado otra cosa sino hacer entender que Dios nos
ama.
El
pecado, lo que destruye y divide, lo que humilla al ser humano, lo que
encandila y engaña, lo que enaltece la soberbia y obstruye el sano fluir de lo
que nos hace hermanos.
El
pecado, se levantaba queriendo imponer su voz de victoria y con el temor
enredaba los corazones de quienes parecían condenados a vivir hundidos en la
desesperanza, en la esclavitud, en la violencia y en el dolor que hacen de la
vida un peregrinar de tristeza y desconsuelo, de lágrimas y de tragos amargos.
Ahí, en
donde los corazones no encontraban los consuelos humamos capaces de despejarles
los horizontes oscurecidos por la incertidumbre de un futuro aparentemente
condenado al fracaso y a la desilusión, ahí apareció Jesús con sus palabras de
consuelo y con el don de la paz.
Que
nada los ofusque, que sus ojos paren de llorar, que sus rostros se deshagan de
las expresiones de tristeza, que sus corazones vuelvan a latir al ritmo del
entusiasmo y del optimismo. Que la paz esté con ustedes. Esa paz que nadie se
las podrá arrebatar porque es el don de Dios para sus vidas. La paz que permite
ver el futuro con confianza porque su Padre Dios sigue creyendo y sigue
apostando por ustedes. Porque no existe nada ni nadie que pueda separarles del
amor del Padre, porque no hay pecado que sea más fuerte que la misericordia que
Dios no se cansa de derramar sobre sus corazones.
Sí,
aquella tarde fue inolvidable, porque la presencia de Jesús entre los suyos
había venido a recordar que la muerte, que su muerte no había sido más que la
exigencia del amor que se demuestra verdadero sólo cuando va hasta las últimas
consecuencias. Jesús había muerto, pero la muerte no había podido cantar
victoria, pues con su entrega total había hecho que se demostrara que la vida
de Dios estará siempre por encima de todas las muertes.
Nadie
se permitiría jamás olvidar el caer de aquel día que, mientras las tinieblas de
la noche anunciaban su llegada, la luz del resucitado hacía resplandecer con su
presencia que se convertiría en la alegría de quienes se habían resistido a
creer que todo había terminado y que Jesús había sido una bella fantasía.
Ahora sí les parecía
estar soñando, cuando de la boca de Jesús salieron aquellas palabras que
anunciaban el don del Espíritu Santo. Aquel anuncio había
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