miércoles, 5 de abril de 2017

Atardecer

Reciban el Espíritu Santo

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice:
-La paz esté con ustedes.
Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor.
Jesús repitió:
-La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así los envío a ustedes.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
-Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.
(Juan 20, 19-23)

El atardecer de aquel día, nadie lo pudo olvidar y seguramente no fue por el espectáculo del sol que coloreaba el horizonte y el paisaje de los alrededores de Jerusalén. No lo era por la vida que reprendía su ritmo después de los trágicos acontecimientos que habían sucedido y que habían dejado consternados a muchos de los que habían andado acompañando a Jesús durante los últimos tres años.
Muchos se preguntaban todavía cómo había podido suceder y cómo la ceguera y la exaltación absurda de una multitud fuera de control había podido dar muerte a alguien que había transcurrido su vida pasando por todas partes haciendo el bien.
El miedo y la amenaza se respiraba aún en el ambiente y la prudencia o el temor había hecho que los discípulos más cercanos de Jesús se encerraran bajo llave, esperando tiempos mejores o simplemente tratando de entender lo que la razón no se explicaba.
Todo parecía haberse derrumbado de un golpe, habían bastado pocas horas, unos juicios sumarios, unas acusaciones sin fundamento, una falta de voluntad para reconocer la verdad y la manipulación de una turba incontrolada para llevar a la cruz a quien no había buscado otra cosa sino hacer entender que Dios nos ama.
El pecado, lo que destruye y divide, lo que humilla al ser humano, lo que encandila y engaña, lo que enaltece la soberbia y obstruye el sano fluir de lo que nos hace hermanos.
El pecado, se levantaba queriendo imponer su voz de victoria y con el temor enredaba los corazones de quienes parecían condenados a vivir hundidos en la desesperanza, en la esclavitud, en la violencia y en el dolor que hacen de la vida un peregrinar de tristeza y desconsuelo, de lágrimas y de tragos amargos.
Ahí, en donde los corazones no encontraban los consuelos humamos capaces de despejarles los horizontes oscurecidos por la incertidumbre de un futuro aparentemente condenado al fracaso y a la desilusión, ahí apareció Jesús con sus palabras de consuelo y con el don de la paz.
Que nada los ofusque, que sus ojos paren de llorar, que sus rostros se deshagan de las expresiones de tristeza, que sus corazones vuelvan a latir al ritmo del entusiasmo y del optimismo. Que la paz esté con ustedes. Esa paz que nadie se las podrá arrebatar porque es el don de Dios para sus vidas. La paz que permite ver el futuro con confianza porque su Padre Dios sigue creyendo y sigue apostando por ustedes. Porque no existe nada ni nadie que pueda separarles del amor del Padre, porque no hay pecado que sea más fuerte que la misericordia que Dios no se cansa de derramar sobre sus corazones.
Sí, aquella tarde fue inolvidable, porque la presencia de Jesús entre los suyos había venido a recordar que la muerte, que su muerte no había sido más que la exigencia del amor que se demuestra verdadero sólo cuando va hasta las últimas consecuencias. Jesús había muerto, pero la muerte no había podido cantar victoria, pues con su entrega total había hecho que se demostrara que la vida de Dios estará siempre por encima de todas las muertes.
Nadie se permitiría jamás olvidar el caer de aquel día que, mientras las tinieblas de la noche anunciaban su llegada, la luz del resucitado hacía resplandecer con su presencia que se convertiría en la alegría de quienes se habían resistido a creer que todo había terminado y que Jesús había sido una bella fantasía.
Ahora sí les parecía estar soñando, cuando de la boca de Jesús salieron aquellas palabras que anunciaban el don del Espíritu Santo. Aquel anuncio había 

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