sábado, 29 de abril de 2017

Juan 10,32.







"En el peligro invoqué al Señor y me escuchó" Salmo 18,7. El que dice esa oración es alguien, quien como Jeremías, se sintió rodeado de peligro, y él, sintió, también, que Dios lo había rescatado.
"Me cercaban olas mortales, me envolvían las redes del abismo. En el peligro invoqué al Señor desde su templo; Él escuchó mi voz" Salmo 18,5.
 Una persona que se siente rodeada de una amenaza de maldad, pero que experimenta que Dios la rescata. ¡Qué hermosa experiencia! Es la experiencia de la salvación.
En el evangelio vuelve a aparecer esa imagen: Cristo está discutiendo con alguna de las autoridades de los judíos; la acusación es gravísima: "Tú eres un blasfemo" y la pena contra un blasfemo es: "Hay que matarlo a piedra". En el contexto de esa discusión, Jesucristo se defiende: "Si las obras que yo hago son las obras de mi Padre, ¿por qué pecado me van a apedrear?" San Juan 10,32.
El texto termina: "Una vez más trataron de apoderarse de Él, pero se les escapó de las manos"San Juan 10,39.
Estas Lecturas se están meditando en un viernes, pero no en cualquier viernes: es el último viernes de Cuaresma. Dentro de ocho días se estará proclamando el misterio de la muerte de Cristo.
Así, fue llevado al Gólgota, y ante los ojos de su Santísima Madre, como añadiendo unos dolores a otros, fue crucificado, y en la cruz siguieron burlándose de Él con saña, crueldad y odio encendido, y parece que nadie lo liberó. Y se murió.

Esa muerte de Cristo, aparentemente, contradice lo que enseña la Biblia: Que el que pone su confianza en Dios, recibe de Dios el auxilio, y que Dios no va a dejar que el poder del malvado tenga eficacia sobre la virtud del justo. Cristo es justo como ninguno, inocente y bueno como ninguno, y fue traicionado, atrapado, escarnecido, torturado y, finalmente, asesinado.

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