Jesús
en el Evangelio se presenta como el testigo de una gloria intransferible, de
una gloria inconmutable. La gloria de Dios no se cambia por nada, la gloria de
Dios no se negocia, la gloria de Dios es en el Corazón de Cristo como una
pasión que le lleva a hablar con esa fuerza con que le hemos escuchado en el evangelio.
Es
la pasión por algo invisible. Jesús queda así inscrito y a la cabeza de la fila
de todos los peregrinos en la fe, así no la presenta la Carta a los Hebreos .
Jesús aparece como uno más dentro de los peregrinos, dentro de los caminantes,
en la búsqueda de la gloria de Dios.
Carta
a los Hebreos dice, en los capítulos diez y once, que iban detrás de una ciudad
de sólidos cimientos, que iban a la búsqueda del verdadero descanso.
Es
lo que la vida cristiana, y especialmente la vida religiosa, es como un camino
en el que siempre hay que tener la certeza de nunca haber llegado hasta el
final.
Sentir
que uno ha llegado, hacer visible a Dios, pretender que ya llegó ese descanso,
eso precisamente es lo que frena el impulso, eso precisamente es lo que apaga
la llama ardorosa de la vocación.
Pidámosle
a Dios, que nos haga apasionados por el absoluto, pidámosle que nos dé ardor
por la gloria del invisible; roguemos de Dios que nos dé pasión por aquello que
no esté al alcance ni de nuestros ojos ni de nuestras manos, precisamente para
estar siempre ante la mirada y entre las manos de nuestro Creador, de nuestro
Salvador, de nuestro Líder
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