Esa
presencia de Cristo, que desde la orilla anima y desde la orilla hace posible
la pesca, es como una imagen hermosa de la presencia del Resucitado, que desde
la gloria anima y desde la gloria hace fecunda a la Iglesia.
Ya
no sucede como antes de la Cruz y antes de la muerte cuando Cristo, caminando
sobre el agua se acerca a la barca donde estaban los discípulos solos; ya
Cristo, de alguna manera, se abstiene de participar en ese trabajo inmediato;
no es Ël el que arroja la red, no está en la barca, no está pero sí está,
porque su palabra, su sonrisa, su presencia, su amor, hace posible el trabajo
de la barca.
Los
otros discípulos van huyendo a Pedro, y Pedro es el que dirige la barca, pero
no es Pedro el primero que reconoce al Señor, sino el discípulo más amado y
también el discípulo que más ama.
Este
discípulo, el que tiene más amor, es el primero en reconocer al Señor; porque
no es la autoridad, ni la jerarquía, ni la obediencia lo que da primero los
ojos para reconocer a Cristo. Los ojos que primero le reconocen son los ojos
del amor, son los ojos que entonces se vuelven también ojos de la fe.
Esa
preocupación de Cristo por el alimento de sus discípulos tiene también su
sentido. Terminada la labor, terminada la brega, recogida la pesca, reunidas
las naciones, pues entonces se reúnen, y en esas brasas encendidas
misteriosamente a tan temprana hora de la madrugada, y en ese pescado que sirve
de alimento a los discípulos, pues está una imagen, del banquete final de los
tiempos.
De
manera que se trata de una aparición, pero se trata también de una parábola
viva, en la cual Jesucristo hace sentir su presencia no sólo para los que
vivieron en ese momento, sino para la Iglesia, toda la Iglesia, todos nosotros,
que en medio de la noche a veces sentimos que se pierde el tiempo echando la
red, y que sin embargo escuchamos, si hay amor en el corazón, la voz de Cristo
que nos anima-
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