miércoles, 12 de abril de 2017

Isaias 52,53.






Nos van a contar acerca del rostro del servidor de Dios, qué es servir a Dios, y cómo el gran servidor de Dios, el que mostró lo que significa verdaderamente servir a Dios fue Cristo, estos cánticos son como un retrato espiritual de Cristo.
 "Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame", y las demás invocaciones.
El Cuerpo de Cristo lo vemos en la Cruz, lo vemos desangrado, lo vemos roto, atravesado por los clavos. Así que la figura del Siervo de Dios, el Siervo de Yavé, que tiene unos cuatro cánticos en el Profeta Isaías, es una figura a la vez nítida y simbólica muy definida, y a la vez misteriosa.
Pero si nosotros pensamos, Cristo mismo, aunque es perfectamente definido en su identidad, es uno y es muchos, porque es uno y a la vez carga con la suerte de su pueblo. Cristo, especialmente en la Cruz, está viviendo y está reviviendo tanto las culpas de Israel como el odio hacia Israel; Cristo en la Cruz es un pueblo, y si lo miramos bien, no sólo es un pueblo, es todos los pueblos.
Porque todo ser humano, según ha enseñado el Papa Juan Pablo, cuando contempla con atención a Jesucristo, especialmente en la Cruz, no puede dejar de reconocerse ahí de alguna manera en esas Llagas, en esos dolores, en esas tribulaciones, o en esa soledad y abandono.
Cristo es el Siervo de Yavé, y si el Siervo es a la vez tan nítido y tan difuso; tan definido y tan misterioso, así también es Cristo.
El misterio de Cristo no es solamente el misterio de una persona colgada en una cruz; es el misterio de la miseria y la limitación humana, y es el misterio de la alianza siempre renovada, la alianza siempre victoriosa que Dios ofrece hasta conseguirla finalmente por el m

vos, penetrado por las espinas, humillado por los escupitazos, colmado de sudor y de sangre, ese es el Cuerpo de Cristo, así es Cristo en su Pasión.

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