jueves, 6 de abril de 2017

San Lucas 7,14






San Lucas  tiene relatos como el relato de la oveja perdida, el hijo pródigo y tantos otros en que a parece, de modo singular, esa delicadeza del Corazón de Jesucristo; una delicadeza, una piedad capaz de invitarnos, de convocarnos a todos, a repetir el gesto del hijo pródigo; a dejarnos encontrar, si somos ovejas perdidas, y a llorar a los pies de Cristo, si hemos pecado mucho.
Esa frase que dice Jesucristo, es una doble enseñanza, o en realidad, son dos frases: ""sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor"  

San Lucas 7,47. El sentido es que el amor atrae el perdón. Y luego dice: "Pero al que poco se le perdona, poco ama" San Lucas 7,47, indicando que el perdón es causa de amor.
Amor y perdón son el uno causa del otro; el amor produce perdón, y el perdón produce amor. Tal vez después del pecado, lo que podemos decir es que amor y perdón son como dos expresiones de lo mismo. Dios no puede amar intensamente al pecador y realizar ese amor, cumplir la obra del amor en él, sin perdonarlo; y el pecador no puede sentir el amor de Dios, sino a través de esa maravillosa obra que hace el perdón.
Aprendamos nosotros que el amor perdona pecados, aprendamos que el amor nos devuelve a la óptica de Dios, al estilo de Dios; el amor regenera la vida, y eso es útil para saber qué hacer con nuestro pecado; pero también aprendemos que si a veces estamos tibios o mediocres, la razón está quizá en que poco se nos ha perdonado. Pero si uno se pone a pensar esa frase, en realidad lo que indica es, poco conscientes somos de todo lo que se nos ha perdonado.
Roguemos a Dios que siempre, pero especialmente en el sacramento de la Eucaristía, nos abra los ojos al valor de la Sangre que fue derramada por nuestro perdón, para que sepamos cuánto se nos ha perdonado y para que nos llenemos de amor.
 La fe, es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios, porque el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida que hay entre Jesús y Dios Padre. Y ahí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe

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