Cristo puesto a declarar su amor
tiene que decir: “Tomad y comed. Este es mi cuerpo” San Mateo 26,26, pero ese torrente de amor que se instituye como caudal de
gracia para todo el que crea, ese torrente de amor no puede detenerse en ti.
Ese
es el mandamiento del amor, no es una obligación adicional que Dios le pone a
nuestras vidas, no es como decir: "¿Ustedes se acuerdan bien de los diez
mandamientos?” "Sí nos acordamos." "Pues ahora les voy agregar
otro mandamiento".
Casi
me atrevo yo a decir que, más que un mandamiento positivo, es la prohibición de
detener la inundación de la gracia.” “Me estoy desbordando”, dice Jesucristo;
“Me estoy saliendo de mí, cománme, bebánme, y no detengan este amor. No lo
detengan.”
Parece
que de alguna manera su naturaleza humana no resistiera la presión del infinito
amor; no resistiera la presión de siglos de espera de Dios, y de la humanidad.
Por
eso le dice a los discípulos: “Aménse" San Juan 13,24; "ya que yo les amo, ahora no paren el amor en
ustedes; ya no lo detengan, ya dejen que esta corriente se adueñe de todo el
universo". Por eso en este día en que se celebra la institución de la
Eucaristía, recordamos también el mandamiento nuevo del amor.
Es
un mandamiento nuevo, y mandamiento antiguo, ya Dios lo había dicho: “Amarás a
tu prójimo como a ti mismo” Levítico 9,18. ¿Qué es lo que tiene de nuevo ahora? Que ahora lo dice
Cristo: “Como yo os he amado” San Juan 13,24; de modo que aquello que ha sucedido en ti, siga sucediendo
en otros, y en otros.
Para
que ese mandamiento se pueda cumplir, Cristo ha escogido a sus discípulos;
ahora, ya Cristo no tiene dos manos, tiene veintiséis manos.
Cristo
escogió a los discípulos como prolongación de su misericordia. Entendamos,
hermanos, que Cristo no hacía sino pensarle caminos al amor.
Los sacerdotes, pecadores y pescadores, y les
mandó que prolongaran el testimonio de ese amor, hoy se nos revela, entonces,
en esta Cena del Señor, hoy se nos revela también la maravilla, la grandeza, el
inconmensurable don del sacerdocio.
Porque
familias hay que alaban la grandeza del sacerdote, pero apenas un hijo
manifiesta inclinación hacia ese tipo de vida, "hay que desanimarlo".
Amigos
míos, abramos nuestros corazones y nuestras vidas al tamaño de la inundación de
amor que Dios ha traído en Jesucristo. Tengamos despiertos nuestros ojos y
oídos a lo que va a suceder en estos días.
Alabemos
a Dios por el don del sacerdocio, por el don de la Eucaristía. Recibámosle su
amor y no lo frenemos en nosotros, porque el agua que cuando corre se mantiene
limpia y alegre y hasta perfumada, cuando se detiene y empoza, coge mal olor.
Hoy
nosotros, que somos Iglesia de Jesucristo, le recibimos su amor; hoy dejamos
que su torrente nos limpie, y nos dispone
"Aleluya", esta era la palabra que se
nos había prohibido pronunciar durante de la Cuaresma. "Aleluya", esta
era la palabra que no podíamos cantar. ""Aleluya, la palabra que
inicia la danza de la Pascua. ""Aleluya, la palabra que brota de lo
profundo del sepulcro.
Creer que ser santo es ser bueno. Que la santidad depende de una serie de
buenas obras que podemos hacer al prójimo. Tener paciencia ante las
adversidades, las relaciones comunitarias, o responder a todas las cosas que se
manden con un sí, casi de manera automática, sin manifestar ningún reproche y
sin cuestionar nada.
Es un hecho que cada vez se está practicando más el voluntariado
en muchas áreas de la Iglesia,voluntariados que, en muchos casos, ensalzan un
valor ético de los actos, pero sin otorgarle un sentido evangelizador. El papa
Francisco no se cansa de repetir que la Iglesia no es una ONG, sino que debe
ser signo de salvación y de esperanza para los pueblos. La Iglesia debe hacer
caer en la cuenta de que cada persona es hija de Dios amada por su padre, que
es Santo y que quiere que cada uno de sus hijos también lo sean. El llamado que
hace Cristo no es a ser buenos, sino a ser santos; una llamada a la santidad
que se da dentro del camino del discipulado Mt10,1-4 Releyendo, los relatos del pueblo de
Dios en el desierto, se percibe que la misericordia y la santidad de Dios
muchas veces le son motivo de temor más que de esperanza. El pueblo, en estas
tradiciones, tiene miedo de vivir en la voluntad de Dios. Cada vez que se debe
enfrentar a algo que no domina cae en la tentación de querer volver a Egipto,
al anterior estado, a la casa de la esclavitud, como relata el Libro del éxodo.
El pueblo tiene miedo a ser libre: le tiene miedo a la libertad.
De igual manera, esto puede suceder en el camino del discipulado,
más aún en la vida consagrada. La llamada, si no está bien madurada, puede que
sea un motivo para tener miedo y para acomodarse en el cumplimiento de ciertas
reglas, sin vivir la realidad, que es Dios (su santidad) en la vida personal.
Es por esto que la insistencia en la vida discipular sea irremediablemente a la
santidad. Este camino de la santidad, en clave cristiana, es el ‘camino de la
cruz’.
El que seamos llamados por Jesús para ser sus discípulos es un
llamado a estar aparte, a ser propiedad de una persona, a no pertenecer más a
sí mismo para pertenecer a aquel que nos llama. En esta separación se halla la
raíz de la palabra santidad .
Toda la espiritualidad bíblica, especialmente en el Antiguo
Testamento, recalcaque la santidad no es tanto una santidad individual, cuanto
una santidad relacional, de búsqueda, de experiencia comunitaria de la
presencia de Dios; es decir, una santidad en el corazón mismo de la vida. Jon
Sobrino llamó a esto ‘santidad de vivir’, diciendo: Me gusta pensar que en esa decisión primaria de vivir y dar vida
aparece una santidad primordial, que no se pregunta todavía si es virtud u
obligación, si es libertad o necesidad, si es gracia o es mérito. No es la
santidad reconocida en las canonizaciones, pero bien la aprecia el corazón
limpio. No es la santidad de las virtudes heroicas, sino la de una vida
realmente heroica. No sabemos si estos pobres que claman por vivir son santos
intercesores pero mueven el corazón. Pueden ser santos pecadores, si se
quiere, pero cumplen insignemente con la vocación primordial de la creación:
son obedientes a la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros, aun en medio de
la catástrofe.
Cada uno de vosotros, tiene una imagen de ese
"",aleluya de ese gozo y de esa luz, en esa luz que está en vuestras
manos, mirad por un instante esas luces, mirad lo que significa el misterio de
esa luz, que es más fuerte que la noche de esa gracia, de ese regalo.
Nosotros, seguramente en nuestras casas tenemos mil modos de
encender cirios o velas, acogiéndonos al símbolo de la Iglesia, hoy todos hemos
querido alimentarnos de la luz del cirio pascual, para aprender también,
mediante este sencillo signo, que la luz, que toda la luz nos ha llegado como
regalo con la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo.
Bendito Dios que nos concede celebrar esta Pascua. Bendito Dios
que reservó para esta hora tesoros de salvación, de luz. Bendito Dios que
reservó para este momento la gracia de sus regalos, lo más cálido y estrecho de
sus abrazos.
La Iglesia, que no es desagradecida con los bienes de su Esposo y
Señor; la Iglesia hoy como nunca escucha la voz de Dios, hoy como nunca se arma
de paciencia, y sobre todo, de corazón de discípula. Esa Iglesia, que somos
nosotros hoy, con religiosa alegría, ha visto la historia de la salvación, ha
visto que cómo es una historia de amor que se fue tejiendo desde el Génesis
hasta la llegada de la plenitud de los tiempos con nuestro Santísimo Señor
Jesucristo.
De cada una de las lecturas que hemos escuchado, de cada una podríamos
tomar una frase, un pensamiento, para que la abundancia de este banquete no se
quede solamente en la abundancia de palabras que golpean nuestros oídos. Estas
palabras que se han proclamado aquí son las palabras que pueden alimentar
sustanciosamente nuestros corazones, para que el misterio de la Pascua de
Jesucristo llene, desde el centro de nuestro ser, todo lo que nosotros somos.
En la primera lectura hay un estribillo que se repite: “Dios
vio lo que estaba haciendo y todo era bueno” Génesis
1,1-12. Qué maravilloso
descubrir esa bondad última en todo lo que existe, qué maravilloso descubrirlo,
así sea para después llorar, que todo ese mundo tan bueno se haya vuelto tan
terrible.
Qué maravilloso descubrir esa bondad, para aprender a extrañarnos
de la maldad. Qué bueno celebrar que Dios es bueno, para caer en la cuenta de
que el mal es siempre un extraño y el pecado es siempre un indeseable; y las
tinieblas y la muerte no pueden tener la última palabra, si Dios tuvo como
primera palabra su bondad, el bien de su amor, de su poder y de su sabiduría.
El sacrificio de Isaac, un relato que impacta nuestros corazones.
Y a toda la bondad de la creación hay que verla salpicada por el pecado y hay
que ver entonces a Dios iniciando la historia de un pueblo que será el pueblo
de Israel.
“¿Dónde esta el cordero para el sacrificio?” Génesis
22,7, es una pregunta
que, pronunciada diecinueve siglos antes de Cristo, sólo tendría respuesta
cuando Juan Bautista, en una mañana, pudo levantar su mano y decir: “Este es el
Cordero” Génesis 1,29.
Diecinueve siglos de espera, de esperanza, de ayuno, para que pudiera
llegar la fiesta del banquete, para que pudiéramos tener el cordero del
sacrificio, Isaac pregunta: “¿Dónde está el cordero?” Génesis
22,7. Y el cordero no
está en el regazo de Abraham, no será el hijo de Abraham el que muera, será el
Hijo de Dios, el Cordero está en el regazo de Dios.
Dios un día lo dará de su propio regazo, lo entregará a nosotros,
para que ese Cordero, el Cordero de Dios, nos limpie del pecado, maravillosa
enseñanza.
En el Éxodo, ya vemos crecer este pueblo, el pueblo de la Alianza.
Moisés se ve acosado. A sus espaldas, la furia del Faraón; frente a él, la
furia de las aguas; y entre esas dos amenazas, la desconfianza, el temor, la
murmuración de su propio pueblo.
Moisés no tiene a nadie, sólo tiene a Dios y
ruega hasta que Dios le dice: “¿Por qué me sigues rogando? Dile al pueblo que
se ponga en camino” Exodo 14,15, ¿hacia dónde el camino", "hacia
las aguas". "Yo separaré las aguas" Exodo 14,16. Y
Moisés pone al pueblo en camino.y que hoy se esparce
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