sábado, 29 de abril de 2017

Romanos 1,16.








Lo que enseña la Biblia,lo tenemos que responder con vigor y alegría: Precisamente la muerte de Cristo es la prueba más grande, irrepetible e irreversible de que sí es cierto que Dios no abandona a su pueblo, porque ahí, donde el abandono parecía ser la realidad única en el sepulcro de Cristo, ahí entra el poder de Dios y resucita a Jesucristo.
La libertad del Resucitado es la libertad que nadie le puede quitar, y la vida del Resucitado es la vida que nadie le puede arrebatar, y el amor de Cristo nadie lo puede detener.
Pero, entonces, alguien puede preguntar por qué dijo Cristo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Esa frase es el comienzo del Salmo 22, y ese Salmo, que empieza con esas notas tan tristes, termina, como la lectura de hoy de Jeremías, en medio de acordes de alabanza.
El mismo salmista, que empezó diciendo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", termina diciendo: "Alabadlo, aclamadlo" Salmo 22,24.
Cristo, en la cruz, estaba orando con ese salmo, y la oración misma de Cristo en la Cruz es la muestra de su victoria. Porque cuando todo le salió mal, cuando el dolor físico lo atenazó, cuando el dolor moral lo hundió y el dolor espiritual lo quemó por dentro, en ése mismo momento Cristo era el vencedor.
Cristo murió murió amando, intercediendo, ofreciendo su vida en solidaridad profunda con la humanidad doliente, sin reclamar venganza. En la muerte de Cristo el gran vencedor fue Cristo y la gloria fue para Dios.
Cristo, muriendo en la Cruz fue el vencedor, y nosotros, como San Pablo, le decimos: "Yo no me avergüenzo de la Cruz de Jesucristo" Carta a los Romanos 1,16; "yo levanto en alto el misterio de la Cruz".
Que viva la Cruz de Jesucristo, que luzca la Cruz de Jesucristo, que se vea la Cruz de Jesucristo en todas partes, porque el gran vencedor a la hora de la Cruz es Cristo, lo cual se manifestó maravillosamente con la Resurrección. ¡Qué misterio tan hermoso! ¡Qué Semana Santa tan bella que tenemos a las puertas!
Preparémonos con estas últimas meditaciones para entrar de lleno a la Semana Mayor, para vivir a fondo nuestra fe y para decirle a Cristo, incluso cuando lo veamos despedazado en la Cruz: "Tú eres el Rey, Tú eres el Vencedor, Tú eres el Señor, y nosotros, con razón, te adoramos y te reconocemos como nuestro líder, nuestro modelo, nuestro ejemplo y nuestro camino".

A Él gloria y honor por los siglos.

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