Lo
que enseña la Biblia,lo tenemos que responder con vigor y alegría: Precisamente la muerte
de Cristo es la prueba más grande, irrepetible e irreversible de que sí es
cierto que Dios no abandona a su pueblo, porque ahí, donde el abandono parecía
ser la realidad única en el sepulcro de Cristo, ahí entra el poder de Dios y
resucita a Jesucristo.
La
libertad del Resucitado es la libertad que nadie le puede quitar, y la vida del
Resucitado es la vida que nadie le puede arrebatar, y el amor de Cristo nadie
lo puede detener.
Pero,
entonces, alguien puede preguntar por qué dijo Cristo "Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?" Esa frase es el comienzo del Salmo 22, y ese
Salmo, que empieza con esas notas tan tristes, termina, como la lectura de hoy
de Jeremías, en medio de acordes de alabanza.
El
mismo salmista, que empezó diciendo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?", termina diciendo: "Alabadlo, aclamadlo" Salmo 22,24.
Cristo,
en la cruz, estaba orando con ese salmo, y la oración misma de Cristo en la
Cruz es la muestra de su victoria. Porque cuando todo le salió mal, cuando el
dolor físico lo atenazó, cuando el dolor moral lo hundió y el dolor espiritual
lo quemó por dentro, en ése mismo momento Cristo era el vencedor.
Cristo
murió murió amando, intercediendo, ofreciendo su vida en solidaridad profunda
con la humanidad doliente, sin reclamar venganza. En la muerte de Cristo el
gran vencedor fue Cristo y la gloria fue para Dios.
Cristo,
muriendo en la Cruz fue el vencedor, y nosotros, como San Pablo, le decimos:
"Yo no me avergüenzo de la Cruz de Jesucristo" Carta
a los Romanos 1,16;
"yo levanto en alto el misterio de la Cruz".
Que
viva la Cruz de Jesucristo, que luzca la Cruz de Jesucristo, que se vea la Cruz
de Jesucristo en todas partes, porque el gran vencedor a la hora de la Cruz es
Cristo, lo cual se manifestó maravillosamente con la Resurrección. ¡Qué
misterio tan hermoso! ¡Qué Semana Santa tan bella que tenemos a las puertas!
Preparémonos
con estas últimas meditaciones para entrar de lleno a la Semana Mayor, para
vivir a fondo nuestra fe y para decirle a Cristo, incluso cuando lo veamos
despedazado en la Cruz: "Tú eres el Rey, Tú eres el Vencedor, Tú eres el
Señor, y nosotros, con razón, te adoramos y te reconocemos como nuestro líder,
nuestro modelo, nuestro ejemplo y nuestro camino".
A
Él gloria y honor por los siglos.
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