Especial atención han merecido al Congreso instituciones que son los verdaderos pilares de una sociedad sana: el matrimonio como unión indisoluble de un hombre y una mujer
y la familia, así como la Educación y la Cultura a las que ningún servicio mejor pueden prestar los poderes públicos que el de asegurarles libertad y medios para ejercerla
sin intromisiones ideológicas manipuladoras.En continuidad con todos los anteriores, este Congreso ha hecho asimismo la más incondicional defensa de la dignidad de toda persona y del derecho de cada una a su vida desde el primer instante de su concepción
hasta la muerte natural.
Este Congreso ha sido especialmente sensible a fenómenos y problemas políticos y
culturales relativos a la misma estructura constitucional y territorial de España y ha acogido con especial relieve un profundo y positivo debate entre destacadas personalidades sobre las cuestiones que al respecto se plantean “aquí y ahora”.
El Congreso ha buscado y expuesto las razones objetivas que en la España de hoy podemos encontrar para la esperanza y, al mismo tiempo, a través de testimonios
vivos ha puesto de relieve que el principal motivo de esperanza es precisamente la fe, el empeño, la esperanza que cada uno puede y debe hacer fructificar en y desde sí mismo e irradiar sobre los demás. La fuerza de esta personal esperanza no es menos ob
jetiva y sí más efectiva que los válidos y apreciables datos
externos que las estadísticas pueden aportar. En esta tarea de renovación, de impulsos a la esperanza, los católicos y,muy en particular los laicos han de actuar como verdadero fermento de una sociedad más justa y fraternal. Y en primer lugar los jóvenes cuya presencia en nuestros Congresos se hace cada vez más amplia, más visible, más alegre, más esperanzadora, más creadora, más fértil... Tal como el Papa Francisco nos
repite, no podemos dejarnos arrebatar la esperanza y ni los ancianos ni los jóvenes pueden aceptar el “descarte” que de ellos quiere hacer la dinámica de un sistema económico global deshumanizado.
Los católicos no podemos dejar de ofrecer nuestra razón más profunda para la esperanzaque es precisamente esa sólida esperanza que, sustentada en la fe y alimentada por la caridad, el amor, tenemos grabada en nuestro ser cristiano.Las circunstancias ante las que tantos pueden sentirse desalentados so,desde la perspectiva cristiana siempre joven
una tarea, una misión, un proyecto, un empeño, una aventura subyugante: la de quienes no pierden el tiempo en añorar el pasado o en llorar sobre el presente sino que, llenos deimpulso juvenil, se enfrentan con gozo a todoun mundo al que podemos y debemos ofrecer la verdadera esperanzafiable que es Cristo.
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