Templa tu voluntad, viriliza tu voluntad: que sea, con la gracia de Dios, como un espolón de acero. Sólo teniendo una fuerte voluntad sabrás no tenerla para obedecer.
Obedeced, como en manos del artista obedece un instrumento que no se para a considerar por qué hace esto o lo otro.
El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico”.
¡Qué bien has entendido la obediencia cuando me has escrito: “obedecer siempre es ser mártir sin morir”!
El propio conocimiento nos lleva como de la mano a la humildad.
Aunque el soplo del Espíritu Santo te levante sobre las cosas todas de la tierra y haga que brille como oro, al reflejar en las alturas con tu miseria los rayos soberanos del Sol de Justicia, no olvides la pobreza de tu condición. Un instante de soberbia te volvería al suelo, y dejarías de ser luz para ser lodo.
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