lunes, 4 de noviembre de 2013

Convina


Cuando hablamos de vocación hablamos de llamado, y por consiguiente, de una voz y de uno que llama. El que llama es Dios, y su voz no es un accidente ni cosa de un instante sino guía que acompaña el camino.
En ese sentido, la vocación sólo existe como proceso de propuesta y respuesta: de diÔlogo continuo entre Dios y el hombre.
La plenitud de la vocación sucede en el llamado Ćŗltimo, que es aquel que nos conducirĆ” a la gloria del cielo: “Venid, benditos de mi Padre…” (Mateo 25).
En su origen, la vocación combina hermosamente el santo temor y el santo amor. Temor, que expresa la sensación de ser “desbordado” o “abrumado” por una belleza, santidad, verdad, que supera lo conocido y aun lo imaginado. Amor, que invita a la cercanĆ­a y la confianza.

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