martes, 12 de noviembre de 2013

Volveré

Volveré,volveré a valorar la suerte de estar viva todavía, contra el ajetreo y la prisa y encomio de la lentitud y del valor de las pequeñas cosas cotidianas. «A mis ojos, la lentitud es sinónimo de ternura, de respeto, de la gracia de la que los hombres y los elementos a veces son capaces». Si despreciamos lo insignificante, despreciamos la mayor parte de nuestras vidas; algunos, toda. Hay palabras que no están de moda y cuya ausencia testimonia en contra de la estrechez de una época. Por ejemplo, gratitud, deber, sufrimiento, escucha, recogimiento, lentitud.

Vivimos un ajetreo cultural que se opone á la cultura de la lentitud. Existe un exceso de cultura, o, más bien, un predominio de la falsa y frenética. Hay una cultura del recogimiento y otra de la alteración. Si cultura es cultivo del espíritu, sólo la primera lo es verdaderamente. La otra es puro espasmo. La cocina del espíritu requiere fuego lento. Pero somos convocados a la prisa, a la agitación, a la dictadura de la cantidad. Hay que leer quinientos libros al año, patear cincuenta exposiciones, resbalar sobre doscientas películas, someterse a cien representaciones teatrales y a otros tantos conciertos. Pero no basta con eso. Titanes de la cultura, debemos leer tres o cuatro periódicos, una veintena de revistas; defendernos de la televisión durante tres o cuatro horas al día, escuchar la radio otras tantas. ¿Quedará tiempo para la lentitud, tiempo para leer un libro, mirar morosamente un cuadro, ver una película, acaso por quinta vez, observar cómo juega un niño o rezar?

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