* La unidad se afianza en el alma con la firmeza de un trípode: sabiduría, amor y fruto perdurable.
Es sabio sacar la enseñanza de cada experiencia, y sobre todo, recoger de cada una las señales de la presencia de Dios. Esto nos ayuda a conocernos, aceptarnos, admitir errores y crecer en la confianza de la providencia divina.
La bondad ha de convertirse en el lenguaje que hace serena la vida, como decía el Beato Juan XXIII. y esa serenidad en buena parte surge de no tener que acomodar el lenguaje a circunstancias de modo, intereses de momento, o rencillas antiguas. El amor expresa lo mejor de uno mismo y a la vez congrega los bienes parciales que uno ha encontrado en el camino.
Fruto perdurable (Juan 15) es aquel que tiene su raíz y cimiento en Cristo. Él es “el que vive;” el que ha vencido a la muerte; el que era, es y ha de venir. Alcanzamos la unidad en la medida en que se centra todo esfuerzo en unirse y unir a todos en Cristo.
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