Con qué poesía, con qué palabras escogidas nos invita a levantar nuestro corazón hacia el conocimiento de Dios.
¡Cuántos elogios, cuántas cosas hermosas dice sobre la sabiduría! "La sabiduría, que es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios" Sabiduría 7,26. De todos estos elogios, de todas estas alabanzas de la sabiduría, lo que más impresiona es su soberanía: "No se mueve, pero todo lo mueve" Sabiduría 7,24; "no cambia, pero todo lo cambia" Sabiduría 7,27. Esa sabiduría de Dios, que es siempre la misma, pero que rige todo lo que cambia, muestra cómo el conocimiento divino todo lo penetra, la obra de Dios tiene su eficacia ahí donde Dios nos conoce. Esta es la diferencia entre los reinados de este mundo y el Reino de Dios.
Los reinados de este mundo disponen sobre nuestro exterior, nos dicen en dónde vivir, qué dinero gastar, qué podemos hacer; es un gobierno exterior, extrínseco, es una palabra que está afuera de nosotros.
Dios, en cambio, que nos penetra por su sabiduría, Dios que conoce cuál es nuestro corazón y cómo es; Dios, que sabe quiénes somos, cuando reina en nosotros, reina desde adentro de nosotros; su Palabra no es un agregado, no es una opinión externa, no es una voluntad extrínseca, sino es la expresión profundamente verdadera, intensamente interior de lo que nosotros estamos llamados a ser.
Esta es la diferencia que tiene el reinado de Jesucristo con los reinados de esta tierra. Cuando Jesucristo reina, a través de su Palabra, Jesucristo atrae con fuerza nuestro corazón hacia aquello que nosotros mismos sabemos que es así.
Cuando recibimos órdenes exteriores, como las que tenía la Ley de Moisés, por ejemplo, la Ley queda afuera de nosotros; cuando Jesús llega a reinar, su Palabra atrae irresistiblemente nuestra convicción, produce en nosotros una certeza irrebatible de que Él es y de que Él está, y de que así como Él habla, esa es la verdad.
Esta certeza incontestable de la Palabra de Dios, proviene de su capacidad de estar en nosotros, de obrar en nosotros, de ser con nosotros por la fuerza del Espíritu. Así podemos entender lo desacertado de la pregunta que hacían los fariseos: "Bueno, y ese Reino, tanto hablar de ese Reino, ¿dónde está ese Reino?".
Jesús explica: "Ese Reino no está afuera de nosotros como un dato exterior a nosotros; ese Reino de Dios empieza donde empieza el reinado de la la sabiduría, penetrando nuestro corazón, invadiendo lo que nosotros somos y convenciéndonos con suavidad, pero con increíble firmeza, de la verdad de Dios.
Estas altas meditaciones, mis queridos amigos, que nos propone la Palabra de Dios, tiene también su aplicación práctica en nuestra vida. Sólo propongo con una oración muy sencilla, una oración que todos podemos repetir: "Conóceme, Señor, y déjame conocerte"; una oración, una plegaria de una sola frase; diga usted esa oración, y sienta usted lo que le sucede.
"Conóceme, Señor, y déjame conocerte"; haz que yo pueda conocerte como tú me conoces". Con esa oración, con esa plegaria, con esa obra del Espíritu, el Reinado de Dios se convierte en una realidad en nosotros, y Cristo, con su poder, con su palabra, con su amor, será nuestro Recorrido por los temas que toca Jesús en este capítulo número diecisiete, casi cada frase es una perla, y hay una multitud de ellas. Nos encontramos al Señor invitándonos, invitándonos a diferenciar el Reino de Dios de los proyectos, llamémoslos políticos, científicos, filosóficos, es decir, todas las empresas humanas. Cuando se habla del Reino de Dios, es fácil hacer este tipo de análisis: Jesús quiere que nosotros vivamos dentro de la justicia, la sinceridad, la solidaridad, el espíritu de servicio. El mensaje de Jesús es un mensaje de transformación interior, es una renovación del mundo, pero una renovación que va de adentro hacia afuera. Entonces cuando uno dice:
Ha de empezarse por una transformación viva interior, y luego va floreciendo de modo inesperado, sorpresivo, como un regalo, como la presencia misma de Jesús en esta tierra.
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